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Espaciosfera dentro de una champa de zinc

"Como la zapatería, la carpintería y la peluquería, el periodismo es un oficio, a veces casi igual de noble. Nadie enseña a escribir bien, a escuchar, a tener curiosidad y sentido común en la academia."

Entrevista con Pepe Moratalla, sacerdote que trabaja con las maras

"¿No te irrita oír hablar de prevención?"


Una entrevista de Roberto Valencia.

Tuvo en su mano un sacerdocio cómodo, pero eligió uno espinoso. Y hoy lo cuenta con un mal disimulado orgullo. Al poco de llegar al país, en plena guerra civil, el sacerdote salesiano español José María Moratalla Escudero se relacionó mucho con apellidos pudientes de la sociedad salvadoreña. Le abrían las puertas de sus mansiones, los confesaba, les cocinaba paellas y hasta llegó a ser el guía espiritual de alguno de ellos. Con tanto compadrazgo, poco tardaron en ofrecerle ser miembro del Club Rotario. Ocurrió un día de 1986, durante una cena en el Sheraton. Dice que fue aquella noche, mientras bajaba en su pick blanco, cuando cayó en la cuenta de que necesitaban más su ayuda en las comunidades marginales que en la colonia Escalón.

En aquel momento se comenzó a gestar la relación que el padre Pepe –ya no más José María Moratalla– aún mantiene con la Iberia. En esta humildísima y problemática comunidad situada en San Salvador, muy cerca de la Terminal de Oriente, tiene su base el Polígono Industrial Don Bosco, un conglomerado de pequeñas empresas que él dirige y que ofrece a cientos de jóvenes algo más que un salario digno. Para llegar al polígono hay que atravesar la Iberia. “El ambiente aquí es más exigente”, dice con su marcado acento español. Iberia ha sido y sigue siendo territorio dominado por las maras, esos grupos que comenzaron asentarse a inicios de los noventa y que en dos décadas de crecimiento cuantitativo y cualitativo se han convertido en una de las enfermedades más graves que afectan a la sociedad salvadoreña. Una epidemia, en palabras del padre Pepe.

El haber pasado 24 años de su vida entre mareros ha hecho del padre Pepe una de las voces más solicitadas para hablar del fenómeno. La Asamblea Legislativa lo ha llamado para escucharlo, los periodistas extranjeros lo buscan cuando quieren bajar con garantías al inframundo de las maras y su testimonio es solicitado desde otros países interesados en saber cómo se gestiona un proyecto educativo-laboral en una comunidad marginal.

El fin de las dos décadas de gobierno arenero parece haber supuesto también el fin de una manera de hacer frente a este problema. Esta coyuntura de cambio –o de aparente cambio– se torna propicia para sentarse a platicar sobre las maras con este sacerdote que rara vez se le ve con sotana, que ha pasado 24 de sus 61 años en El Salvador y al que le molesta que le traten de usted. Por eso el tuteo.

¿Cuándo escuchaste por primera vez la palabra mara?

Cuando en 1985 llegué a El Salvador, mara era una palabra normal, de uso frecuente en el vocabulario del salvadoreño para referirse al grupo de amigos.

Sin connotaciones negativas.

No tenía ningún otro significado. Era, repito, el grupo con unos mismos rasgos y que compartía tiempo, y se usaba tanto en ambientes cultos como en ambientes menos cultos. Era una palabra normal.

¿Cuándo comenzó a contaminarse?

Empezó a llenarse de otro sentido a inicios de los noventa, con la llegada de los primeros deportados. Los Acuerdos de Paz sirvieron de excusa a Estados Unidos para comenzar a enviar personas no gratas. Y el perfil de muchacho que enviaron fue el de un joven frustrado, marginado, expulsado de un país que no lo acogió adecuadamente y organizado ya en pandillas violentas. Y con ellos llegó el nuevo sentido de la palabra mara y no solo eso: también llegó todo un modo de vivir la vida.

Y aquí estamos, casi dos décadas después, hablando sobre la mara. ¿Por qué?

Precisamente por el significado que adquirió la palabra. Se rompió el molde anterior, pero al mismo tiempo el hecho de usar una palabra existente hizo que el fenómeno pasara casi desapercibido al principio. Tanto así que, por desgracia, ni en Estados Unidos ni en toda Centroamérica existe aún una definición consensuada, científica, de la mara, de esa pandilla violenta que nos inquieta y, siendo más específico, sobre la 13 y la 18, que fueron las que se impusieron a las más de 40 pandillas que surgieron.

¿A qué te refieres cuando dices que falta una definición científica?

A que no nos hemos acercado al fenómeno desde la ciencia, para romper la subjetividad de las opiniones. No se ha hecho aún una aproximación científica.

¿Y qué hay de todos esos libros y encuestas que pululan?

Esos intentos no son científicos, porque no se han consensuado. Hay una serie de estudios de los que cada institución ha sacado su línea de trabajo, pero no nos hemos puesto de acuerdo sobre esa realidad. Por eso estamos como estamos. Si la mara es de alguna una enfermedad sociológica, pobrecita esta sociedad, porque será muy difícil encontrar un remedio si aún no sabemos cuál es la enfermedad. Es una gran deficiencia, y pareciera que ese deseo de no profundizar proviene de Estados Unidos, que juntan en el mismo cesto la mara con el resto de las pandillas.

¿Y qué sugieres tú?

Hasta ahora se ha abordado toda la violencia juvenil de forma conjunta. Tendemos a juntarla, en lugar de dividir para clarificar los distintos problemas.

¿Y cómo debería de abordarse el problema, separando entre maras y el resto de pandillas o identificando asimismo cada mara con un problema particular?

Yo entiendo que si juntamos los problemas lo que nos queda es un problema tan grande que es muy difícil abordar. La recomendación pedagógica desde siempre ha sido dividir antes de analizar, por partes…

¿Y por qué no se ha hecho algo que suena tan simple?

Buena pregunta. Mi opinión, muy personal, es que no ha existido un deseo serio, decidido, de abordar este problema para solucionarlo.

¿Y quién debe dar ese paso? ¿El Gobierno, las universidades, la sociedad civil?

Entiendo que debe de ser el gobierno del país afectado, pero veamos, porque este fenómeno no es solo salvadoreño o centroamericano. Sí es centroamericana la palabra mara, pero el contenido que se le dio al nombre fue posterior. Y me remito de nuevo a Estados Unidos, país que tampoco ha realizado estudios serios sobre el fenómeno. Para ellos las maras son como cualquier otra pandilla, pero no lo son, las maras son algo radicalmente distinto.

Por la violencia que utilizan.

Exacto. Lo natural en el ser humano es hacer el bien, no el mal. Para que una persona opte por hacer el mal, y esta es una opinión muy personal, considero que uno se tiene que violentar. Tiene que suceder algo muy raro dentro de uno para que los principios se inviertan de forma tan radical.

Hablas con seguridad sobre este tema, pero convénceme de que realmente conoces de lo que hablas.

Yo no soy un conocedor del tema maras en el sentido de un científico que lo ha analizado. Yo soy solo un sacerdote salesiano. Lo peculiar de mi caso es que me he acercado a los muchachos como educador, a buscar soluciones a su lado. Es decir, una postura inductiva en vez de una deductiva. En vez de ir con una respuesta, con metas y objetivos calendarizados a priori, he optado por encontrarme con ellos de persona a persona, no de personaje a personaje. Y en su territorio, para ensayar con ellos, junto a ellos, una solución con sus necesidades como base. La raíz de todo esto es la parábola del samaritano.

Has conocido a muchos mareros, ¿qué te inspiran?

Cada persona es única e irrepetible. Con la mayoría de los mareros que he conocido da coraje saber que no tuvieron ni una sola oportunidad en la vida. No es sencillo ser marero, y no cualquiera puede serlo. Y siempre, cuando uno se encuentra frente a una persona que no se ha realizado positivamente, percibe que la sociedad es la que está perdiendo. Verlos es como un grito de angustia de que la sociedad algo no ha hecho bien.

Ya tenemos mareros que son abuelos.

Sí. Y eso ya es un problema, porque resulta que hubo una generación a la que no se le dio respuesta; crecieron sus hijos, y no se halló solución, y ahora están naciendo los nietos. Eso es un problema, pero para mí hay otro aún más serio. Ahora resulta que toda la familia es de la mara, es decir, figuras simbólicas como la de la abuelita son mareras. De hecho, fíjate quiénes cobran muchas veces las rentas o quiénes participan en las marchas de apoyo: la familia. La mara está actuando como una gotita de aceite que cae,  se expande y contamina a toda la sociedad.

¿Por qué la mara sigue siendo atractiva para muchos jóvenes?

Pero es que aún no sabemos qué es la mara. La pregunta del millón es, y te la planteo con sinceridad, ¿qué es la mara? Respóndeme…

Yo diría que es un grupo violento en el que un adolescente desamparado busca refugio.

Es una opinión, pero hay quien cree que es delincuencia común, otros piensan que se agrupan para subsistir, o que son una verdadera mafia, crimen organizado, o… Y ese es el problema: a pesar de que ha pasado tanto tiempo, cada quien tiene opiniones distintas.

Hay organizaciones que creen que atribuir los homicidios a las maras fue solo una estrategia del gobierno anterior.

Sí, hay instituciones que lo hacen, pero sin tener las respuestas. Lo cierto es que la mayor parte de los homicidios del país se catalogan como de autoría desconocida, pero en vez de pedir analizar eso, esas organizaciones prefieren quedarse con que son pocos los homicidios atribuidos a las maras, por ese mismo desconocimiento. Y con esos datos externan opiniones.

En boca de muchos, la palabra clave parece ser la prevención.

Debería ser algo muy serio sugerir respuestas a un problema que ya se nos ha escapado de las manos. Las maras son ya una epidemia, ¿no te irrita oír hablar de prevención? La mayoría de los proyectos que hacen algunas organizaciones que viven, y muy bien, a costa de la violencia son de prevención. Pero ¿cómo se puede prevenir cuando ya estoy contaminado?

Pero el Polígono Don Bosco que diriges trabaja en la prevención.

Las respuestas son más complejas. Y no la tiene una sola institución. Tenemos que trabajar juntos, algo que no estamos haciendo. El Gobierno va por libre, y las organizaciones vamos también por libre. Y ya no se puede abordar este problema de manera local porque, igual que hace la Policía, la mara rota a sus miembros, los cambia de ciudad. Los mareros de la comunidad Iberia quizá estén en San Miguel y acá nos vienen de otro lugar. Es un flujo continuo.

Si el problema no ha dejado de crecer, ¿qué se ha hecho mal desde el Estado?

Lo primero fue no darle importancia. La mentalidad estadounidense es nórdica, y allí se soluciona todo con la ley, porque el ciudadano promedio es respetuoso, pero los salvadoreños tenemos una cultura distinta, en la que la ley no es la base del modo de proceder. Y eso no es ni mejor ni peor, es distinto…

Te pregunté qué es lo que ha hecho mal el Estado salvadoreño.

Acá se importó desde Estados Unidos el modelo de la mano dura porque había tenido éxito en Nueva York, pero son culturas distintas, y hay cosas que no casan. El nórdico legisla y cree que ya está todo solucionado, pero no es así con las maras.

¿Importar la mano dura fue el error?

Veamos. De pronto, la cárcel como sistema correccional, educativo, se les cayó. La mara desbordó toda razón de ser de las cárceles. Para ellos no es correccional, sino una especie de universidad. Un marero que no haya estado en la cárcel no tiene rango ni autoridad, y pasar por más cárceles les da estatus. El marero se siente más marero después de cumplir su condena, y eso es señal de que algo grave ha sucedido. ¿No es una señal de que ha surgido algo nuevo que no se puede combatir con las leyes tradicionales? ¿No será que ha surgido algo que merece la pena ser analizado de manera científica? ¿Tú conoces a algún otro grupo que en la cárcel se sientan tan felices como nuestros mareros? ¡Yo tampoco!

¿Te consta que se sienten felices?

Así es, se sienten súper realizados. Están seguros, están a gusto, están bien.

¿Y qué ha hecho mal la sociedad civil?

Espera un momento. Decía que no se puede hacer lo que se ha hecho, juntar en el mismo cesto la mara con el resto de pandillas, como si fuera una más. Para las otras sí pueden funcionar las leyes, pero no con esta. La cárcel no sirve, porque desde adentro siguen operando, siguen siendo ellos. No se corrigen. ¿No crees que llegó la hora de ensayar otros métodos?

¿Y qué sugieres?

Ni siquiera se ha analizado el fenómeno, y seguimos con la mentalidad del que la hace la paga. Nadie puede salirse de la mara en la cárcel. ¡Ay de aquel lo haga! Pobrecito. La enfermedad se nos ha hecho más grande por haber estado dando remedios equivocados todos estos años.

¿Crees que estamos peor que nunca?

Lo que yo creo es que este fenómeno ha ido creciendo porque la sociedad no ha sabido dar la respuesta idónea y sí, se nos está yendo de las manos, cada vez más. ¿Por qué? Y vuelvo a lo mismo: porque no hemos analizado de forma adecuada el fenómeno. Y luego tenemos fallos como aquel de la Corte Suprema de Justicia, que dijo que ser marero no era delito, que las leyes vigentes eran suficientes. Pero yo me pregunto: ¿eso es cierto? Porque parece que los hechos dicen lo contrario, ¿no?

Eso parece.

Miremos lo que ocurre con el terrorismo. En Europa un terrorista va a la cárcel solo por el hecho de ser terrorista. Pero aquí uno puede ser marero y no le pasa nada, porque hay que demostrar.

¿Estás sugiriendo que los mareros sean tratados como terroristas?

No, esa conclusión no es mía. Yo solo quiero que cada quien se cree su opinión. Lo que quiero decir es que alguien que quiera ser marero, ¿qué tiene que hacer?, ¿qué le impone la mara para ingresar?

Sus rituales.

¿Y cuáles son?

Pues, siéndote honesto, los desconozco.

Muy buena respuesta. Fíjate, cuando una sociedad desconoce eso es porque estamos mal como sociedad. Si tú, siendo periodista, estás así, calcula cómo estará el ciudadano de a pie. ¿Y qué quiero decir? Simplemente que algo no funciona, que algo que parece que está claro en realidad no lo está tanto. Algunos dicen que para entrar en la mara hay que matar a una persona y, si fuera cierto, eso sería serio, ¿no? ¿Podría uno ser marero y ciudadano con normalidad?

Dices que el problema sigue creciendo. ¿Cómo evalúas el papel de los periodistas?

Veo como dos grandes grupos. Algunos han sido más amarillistas, y lo que han buscado en la mara ha sido un motivo para sobresalir ellos mismos. Y algunos lo han conseguido, sin importarles haber dejado detrás una estela de muertos. Y luego está el otro gran grupo, que son los que dependen de un sistema y, consciente o inconscientemente, han hecho lo que el sistema propicia.

Explícame ese punto.

Crear aquella famosa Comisión de Seguridad Ciudadana y Paz Social que creó el ex presidente Antonio Saca sirvió para que se viera normal lo que no lo es, como que haya más guardias de seguridad privados que policías, o que tengamos 12 muertos todos los días. Y la mayoría de los medios de comunicación quisieron presentar como normal, como natural, algo que no es normal ni natural.

Tú trabajas en la boca del lobo. ¿Crees que las maras generan la mayor parte de la violencia en El Salvador?

Mi sensación es que nos estamos llevando por delante la dignidad de las personas. No hay derecho a que la mayoría de los homicidios nunca se sepa cómo han ocurrido. No hay derecho. Mal está una sociedad que no analiza, que no tiene el coraje de sincerarse con ella misma. Mal estamos cuando nos habituamos a ver tantas personas muertas y a que no se sepan las causas ni las razones. Y eso, en lo personal, me inquieta más que el debate sobre si son o no las maras.

¿Y crees que este panorama podría cambiar con el nuevo gobierno?

En el Polígono Don Bosco estamos haciendo cosas, porque las estamos haciendo, pero no es suficiente. Y es que no se trata de hacer lo que uno puede o sabe ni se trata de tener buena voluntad o participar, de lo que se trata es de ser eficaz.

Mauricio Funes anunció más policías y más soldados.

Eso me inquieta, porque en el gobierno anterior se cayó en un dejar hacer a todas esas agencias que surgieron, que vieron la violencia como un negocio. De ese dejar hacer ahora se ha pasado a dar más importancia al Gobierno como el agente que va a dar las respuestas. Pero yo considero que ni lo uno ni lo otro es lo correcto. Lo adecuado talvez es una fusión de ambos.

¿Lo planteado por Funes no le sonó a más mano dura, pero sin utilizar ese nombre?

No, lo que yo escuché fue una respuesta desde el Gobierno, sí, pero en la que no se ha tenido en cuenta a la sociedad civil. Lo que ofrecieron en ese discurso es Policía y Ejército, punto y fuera. Dios quiera que solo haya sido una omisión, porque muchos queremos ayudar a este gobierno. Y este problema no es sencillo. Ahora está muchísimo más difícil que con Paco Flores.

Las víctimas, el que paga renta o tiene a los hijos amenazados, quieren soluciones inmediatas.

Esa persona también soy yo. Somos muchos. Y no tengo la respuesta. Un ejemplo: aquí, en la comunidad Iberia, la Policía acompañó a 13 familias que tuvieron que irse. Y para eso la Policía les dio acompañamiento, para eso, pero no les pudo dar seguridad para poder quedarse. Es dramático, ¿no crees? Así estamos muchos, indefensos. Y yo no tengo esa respuesta, la que quieren oír las víctimas. Pero también estoy seguro de algo: la mayoría de los mareros se calmarían si tuvieran una buena oportunidad. Y no hay derecho a que el Gobierno aún no haya ensayado respuestas a ese problema. Y algo parecido ocurre con las organizaciones que trabajamos en el tema de la violencia. No buscamos satisfacer lo que el marero demanda, sino que partimos de lo que nosotros diseñamos y podemos hacer. Y eso contribuye a que el problema siga creciendo.

¿Crees que esto tiene solución a corto o medio plazo?

No, esto es un problema humano, que afecta a toda una sociedad, y acá se trata de que todos convivamos con dignidad, no solo el grupo que puede garantizarse con dinero su seguridad privada. En esta comunidad, en la Iberia, el sobrenombre que se pusieron hace años fue el de la comunidad en la que la vida no vale nada. Lo que tenemos que hacer es romper ese drama y dar respuestas, pero para eso primero hay que analizar.



Esta entrevista apareció publicada en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verla pulsando acá (páginas 12 a 17).

Entrevista con María Isabel Rodríguez, ministra de Salud

“Lo primero es dejar de ser hipócritas”

Una entrevista de  Roberto Valencia


La entrevista es un género que tiene sus inconvenientes. Uno de ellos es que no resulta sencillo plasmar en palabras el lenguaje corporal o los matices de la voz del entrevistado. Para amortiguar esas carencias, la profesión ha consensuado algunos trucos, como introducir breves comentarios entre paréntesis. Un ejemplo es escribir (Ríe) para que el lector sepa que eso hizo el entrevistado. Con María Isabel Rodríguez, la nueva ministra de Salud, usar ese recurso resultaría cansino, porque prácticamente en todas sus respuestas ríe. Por eso en esta entrevista no se usará ningún (Ríe) ni Jajajas ni Jejes para ilustrar que durante toda la plática María Isabel se mostró jovial, incluso en los temas más sensibles, siempre con esa su peculiar risa que funde con la mayoría de las frases que pronuncia.

María Isabel tiene 86 años. Y poco o nada ha cambiado en ella desde la última vez que la entrevisté en octubre de 2007, cuando le tocó abandonar el puesto de rectora que durante ocho años había ocupado en la Universidad de El Salvador. La descripción es casi la misma: mide 157 centímetros, pero parece más baja. Es delgada, extremadamente delgada, y se peina de tal manera que deja al descubierto una parte de su frente. En su rostro destacan sus marcados pómulos, maquillados hoy de rojo, y los grandes lentes que, aunque cueste imaginarlo, no necesitó durante la primera mitad de su vida.  Esta mujercita es la que deberá lidiar con uno de los retos más grandes que tiene el nuevo Gobierno: sanear el ajado sistema de salud pública en medio de una crisis  que resta ingresos al Estado.

—No es justo que haya una diferencia tan grande entre el servicio público y el privado, eso no es posible –dice.

Está convencida de poder reducir esa brecha. Hoy todo son buenas intenciones, promesas de cambio y alegatos de que sí se puede; supongo que como casi todos los que la precedieron en el cargo en sus primeros días de labor. Para comenzar, María Isabel ha tomado algunas medidas de carácter simbólico, como dejar de usar el despacho que el ex ministro Guillermo Maza se mandó alfombrar y amueblar en otro edificio con dinero del préstamo para reconstrucción de hospitales.

De salud, bien.

Sí.

¿No ve inconveniente en sus 86 años para dirigir un ministerio tan...

¡Complejo!

Y en plena crisis fiscal.

No percibo ningún problema en mi edad. Incluso creo que abordar la problemática de este ministerio como que me genera mayor capacidad para responder: no queda tiempo para cansarse ni tampoco queda tiempo para enfermarse. Ahora, si ya viniera alguna cosa que me complicara la vida, eso sería una eventualidad como la que le puede suceder a cualquier persona desde que nace hasta que muere.

María Isabel, hay muy pocas mujeres en el gabinete.

También lo creo, estoy de acuerdo con usted.

Choca con lo que se supone que pasaría con la llegada de la izquierda al poder.

No ha sido fácil la selección del gabinete, fue poco tiempo. Y lo que ha ocurrido es un indicador, ¿no? El país está necesitando formar más cuadros en algunos campos en los que fue difícil seleccionar. Pero yo estoy segura de que no hubo discriminación de la mujer a la hora de la selección, la verdad es que no había una oferta tan amplia. Yo soy de la opinión de que está bien que luchemos por una cuota para las mujeres en igualdad de condiciones, y que debe de plantearse la posibilidad de que mujeres con capacidad y experiencia lleguen al gobierno, pero al hablar de experiencia hay un círculo vicioso. A lo mejor la discriminación viene desde abajo, y la mujer no tiene la oportunidad para obtener la experiencia necesaria para un cargo.

¿En 20 años habrá ya esas mujeres capaces y con experiencia que ahora dice que no encontraron?

No en 20 años, yo espero que en cinco ya sea posible y que desde todos los ministerios estimulemos un plan de desarrollo estratégico de recurso humano para el país, con énfasis en la mujer, porque en muchos ministerios es evidente que lo necesitamos. Y esto es algo que también debería de hacerse desde la Universidad de El Salvador: crear liderazgos con capacidad.

Por cierto, ¿por qué estamos en este despacho y no en el que ocupaba su predecesor?

Por principios. No puedo entender aún cómo se pudo abandonar este despacho y se fueron al otro edificio, por el que el ministerio está pagando $216,000 anuales. Para mí hubiera sido doloroso estar en un lugar que está costando tanto cuando faltan recursos para comprar medicamentos o estamos endeudados con los proveedores.

Hay quien dirá que $216,000 son migajas en un presupuesto de más de $300 millones.

Es una cantidad respetable y se suma a otras tantas que hemos detectado. Mire, en este momento todavía no sabemos cuántos carros del ministerio andan sueltos. El carro que me han asignado lo tenía el hijo del ministro Guillermo Maza, y lo recuperamos de su casa. Prácticamente cada funcionario aquí tenía un carro asignado. Mire, lo primero que le chocó al doctor Espinoza (viceministro de Salud) al llegar fue que le dieron un vale por 200 galones de gasolina, ¡200 galones! Y eso es lo que se daba a cada funcionario.

Cardióloga desde hace 60 años, podría decirse que conoce bien el corazón.

Sí, eso creo yo.

¿El ser humano es esencialmente bueno con excepciones o esencialmente malo con excepciones?

Nunca me habían hecho esa pregunta, pero me gustaría apuntarme en la primera opción.

¿Como deseo o porque así lo cree?

Por mi experiencia de vida creo que puedo afirmar que hay más gente buena que distorsiones.

¿Aún cree que lo peor del paso de los años es ver que se mantiene la pobreza?

Sigo pensando lo mismo. Y ahora más que nunca, creo yo, y por eso acepté el reto de dirigir este ministerio, por el deterioro de la salud de la población salvadoreña. Para mí, una de las cosas importantísimas que debemos lograr para cuando salgamos es que toda la población tenga derecho a una salud integral, completa.

Otra frase suya es que la dimensión económica se tragó la dimensión social.

Así es, pero el señor presidente nos ha emplazado a revertirlo, a que lo social sea ahora la dimensión prioritaria.

¿Es en la salud donde más se nota esa situación?

Aunque en educación debiera notarse también, creo que el ser humano es más sensible al dolor. Nadie tiene dolor por no tener un grado académico, no tener acceso a libros no duele, como debería de doler, pero una enfermedad sí. Por eso yo quisiera que todos los sectores tomaran la salud como un eje, que mantener saludable a la población sea una prioridad para todos, desde el gabinete de gobierno hasta el último salvadoreño.

¿Cree que tendrán los fondos para ejecutar sus planes?

Creo que sí. Soy optimista y mi optimismo se ha incrementado a raíz de la avalancha de ofertas que hemos tenido en materia de colaboración.

Póngame un ejemplo.

Se trata sobre todo de voluntariado, gente de altísimo nivel con ganas de cooperar. Por ejemplo, el Organismo Andino de la Salud se ha ofrecido. Y hay gente que se está ofreciendo a venir para ayudar sin cobrar, y gente, repito, de muy alto nivel... El triunfo del FMLN se ha visto como un triunfo del pueblo salvadoreño y de la democracia, y la gente se apresta a ayudar por el simple hecho de querer contribuir. Por eso sería muy triste que los defraudáramos.

Pero aparte de recurso humano se necesita instrumental y medicinas.

También creo que vamos a tener disponibilidad de fondos, por el interés mostrado por algunos gobiernos y organismos de cooperación. Ya lo estamos negociando.

Parece que está mirando más fuera que dentro, pero que un sistema de salud descanse en la cooperación suena temerario.

Sí, ese punto que menciona es interesante. Ojalá la parte principal de este esfuerzo naciera del propio país, ojalá personas con recursos nos respondan favorablemente para hacer una alianza nacional por la salud. Algo así sería importante. Yo plantearía a las personas que pueden aportar, y que están conscientes de la situación actual,  que en este momento, por ejemplo, tenemos un problema nacional con la insuficiencia renal crónica. Está golpeando terriblemente, y el Estado no tiene hoy manera de cubrir todas las necesidades de diálisis ni mucho menos las necesidades de trasplantes de riñón, pero se puede trabajar en la prevención y en la investigación, y para eso se necesita dinero, que ojalá surgiera de dentro del país.

¿Pueden convivir una sanidad pública eficiente y la medicina privada?

Yo creo que sí, pero aquí falta regulación de la sanidad privada. La Asamblea aprobó el año pasado el Sistema Nacional de Salud, pero ese proyecto tiene grandes errores, y uno de ellos es que el consejo que lo rige no incluyó al sector privado, que no puede estar fuera de la planificación y de la regulación.

¿Debe preocuparse el sector privado?

De ninguna manera. Creo que me conocen lo suficiente, me respetan, y saben que no voy a significar ningún peligro. Lo que sí voy a pedirles es que apoyen al sector público.

Las clínicas que compraron aparatos de radiología porque apenas se invertía en ese rubro resultarían afectadas si ahora se invirtiera.

Yo creo que a esas clínicas privadas no llega gente de bajos recursos. Esos tratamientos de $5,000 que ofrecen los hospitales privados no los puede pagar quien gana el salario mínimo, esté o no esté bien la sanidad pública.

Su teoría quizá aplique a cantidades altas, pero cuando el examen o la placa cuestan $50 o $200 el pobre sí recurre al privado.

Y no es justo que las personas humildes tengan que gastar esas cantidades para su gasto médico o para la compra de medicamentos.

Justo no es, pero la clínica privada y la farmacia dejarían de recibir ese dinero.

Quien tiene una clínica privada debe de saber que no es justo cobrar a las personas que no tienen otra opción. Yo viví la era, digamos, floreciente de los servicios públicos de salud, y para mí es doloroso ver el estado en el que se encuentran hoy. No es justo que los hospitales estén desmantelados, no es justo que haya una diferencia tan grande entre el servicio público y el privado, eso no es posible.

¿Puede encajar dentro del liberalismo económico una sanidad pública eficiente?

Cuando hay un sistema lleno de perversiones, no encaja. No encaja si hay perversiones en esa horrible cadena de comercialización que tienen la medicina y los insumos médicos, donde uno no entiende cómo se puede dar en un país tan desmejorado económicamente como el nuestro. Todas esas perversiones deben ser corregidas.

Usted le tiene un cariño especial a Cuba.

Así es.

¿Qué escenario se abre tras la apertura de relaciones diplomáticas?

Lo primero es dejar de ser hipócritas. En este país hay una larga lista de personas que cantan eso de combatir el comunismo, pero que luego se van a operar en la sanidad pública cubana. Y muchos empresarios de derecha están haciendo negocios con Cuba. Por eso digo lo de la hipocresía y la doble moral. Ahora, con la apertura de relaciones diplomáticas, las dificultades que había para traer a un profesional cubano, un científico de alto nivel, van a desaparecer.

Guatemala tiene una relación fluida con Cuba, con presencia de brigadas médicas. ¿En algo así se está pensando?

Yo conozco Cuba lo suficiente como para tener claro en qué nos pueden ayudar. Y no creo que en este momento El Salvador necesite traer brigadas de médicos cubanos.

¿Vendrían para capacitar, entonces?

Por ejemplo, en el área tan crítica que mencionaba de la insuficiencia renal crónica Cuba ha hecho avances importantes. El doctor Raúl Herrera, excelente amigo nuestro, es el ex director del Instituto de Nefrología cubano y ahora dirige toda la investigación nacional sobre esta enfermedad. Raúl ya me ha ofrecido venirse a El Salvador y colaborar en una investigación a escala nacional. Y que él pueda venir se ha facilitado muchísimo por la apertura de relaciones.

Usted tiene un aura de respeto. ¿No cree que su elección para el cargo se hizo porque parece que cuesta más criticarla?

Pues no sé. Lo que creo es que una de las cosas que me fue pasando en este proceso de preparación de la transición fue la de irme convenciendo de que el país necesitaba gente que tuviera interés y conocimientos para hacer frente a algo así. Yo al principio había dicho un no rotundo a la posibilidad de ser ministra.

¿Cuándo se lo ofrecieron?

Pues la verdad es que nunca me lo ofrecieron. Al principio lo único que pretendía era aportar toda mi experiencia de vida, pero fuimos cayendo en la cuenta de que debía de ser quien encabezara este esfuerzo.

¿Cree que para 2014 habrá mejorado de manera notable la salud pública?

Pues mire, si no lo logramos, será un fracaso rotundo de un grupo de gente que estamos convencidos de que sí se puede hacer. Pienso que sería muy triste, pero como ocurren tantas cosas... Es una posibilidad. Recuerde lo triste que fue para mí el resultado de las últimas elecciones en la Universidad de El Salvador.

¿Salud es la papa caliente de este Gobierno?

Salud, vista en su forma integral, debería de tener el apoyo de otros ministerios. Agricultura, por ejemplo, se requiere de seguridad alimentaria para garantizar la salud. O Medio Ambiente, sin un ambiente sano es difícil que haya una población sana. O ANDA, sin acceso a agua tampoco hay salud...

Esos razonamientos ya los habíamos escuchado antes, ministra.

Eso es lo lamentable.

¿Cree que en los gobiernos anteriores no hubo voluntad?

No sé si había voluntad, pero lo que puedo garantizar es que no se tradujo en hechos. Por ejemplo, el número de camas en los hospitales públicos en función del volumen de población se ha reducido notablemente. La población creció, pero sus necesidades no se han considerado.

¿Y eso ocurrió por incapacidad o hubo dolo?

A lo mejor ni lo pensaron. Es que a veces el satisfactor personal priva sobre las demandas de los otros, y me parece que eso ha ocurrido en este ministerio.

¿Dónde intuye más oposición, en la derecha o en la izquierda radical?

Lo que yo espero es que no haya ni lo uno ni lo otro.

El partido ARENA ya saltó por su anuncio de hacer ajustes a Fosalud.

Fosalud ha sido desde que se creó un centro de ganguerías y de inadecuada administración, pésima, y no ha logrado lo que realmente se perseguía, que era mejorar la calidad de la atención.

¿Y desde la izquierda? Ya otras veces la han llamado imperialista y reaccionaria.

Y eso siempre va a pasar en la vida. Pero hay una cosa muy importante en esto de la gobernabilidad: yo pienso que la rectoría de la Universidad de El Salvador, y sé que se me van a enojar los presidentes por lo que voy a decir, es más difícil que la Presidencia de la República, porque el rector es un ejecutivo con muy poco poder de decisión, demasiado sujeto a los organismos corporativos, que son terribles y a veces no técnicos.

Algo parecido le va a pasar a este Gobierno.

Por la Asamblea, dice, ¿verdad? Porque la controla la derecha.

Escuche esta frase: “Cuando al fin hallé las respuestas, resulta que me habían cambiado las preguntas”. ¿No puede pasar que la fórmula que dicen tener no sea aplicable en esta coyuntura?

Podría ocurrir. Sí, podría ser que en un determinado momento no convenga una posición, y hasta que tenga que salir del ministerio. Eso es posible, pero bueno, estamos listos para eso, esta es una experiencia en la que estamos tratando de aportar, pero si eso no es coincidente con algunos intereses, pues bueno, no se podrá ejecutar.

Visitó ya el Hospital Rosales como ministra. ¿Cuánto llevaba sin ir?

No mucho, porque con frecuencia me acerco al Rosales y tengo muy claro qué cosas hacen falta en este hospital. Ojalá nuestras propuestas sean aceptadas sin mucha oposición.

¿Por qué la gente tiene miedo de ser ingresada en el Rosales?

Fíjese que eso es algo que no hemos valorado. Yo no lo he oído, pero quizá porque la gente con la que me muevo no es la gente que va al Rosales. Si así fuera, sería una tragedia, porque hace décadas era justo lo contrario. Habrá que cambiarle la imagen al Rosales, porque para mí sigue siendo el hospital en el que yo me formé, y me formé bien.

¿Hay mucha corrupción en el gremio médico? Y me refiero a cosas como que un médico se envíe pacientes a su clínica.

No lo sé. Quisiera que eso no estuviera ocurriendo, pero... Desde que yo era estudiante conozco esa práctica, espero que haya menos ahora, en especial desde el Rosales, que es el hospital para la población más pobre.

¿Son los médicos un gremio especialmente propenso para esas prácticas?

No creo que sea algo propio del gremio. Para que un médico sea corrompido se necesita al menos la connivencia del administrador y de otras personas de la cadena. Y la verdad es que el diagnóstico hay que verlo en un contexto. Yo conozco muchos médicos verdaderamente entregados a su profesión, que no trabajan exclusivamente por dinero, que hacen sacrificios personales por sus pacientes. También conozco cosas desagradables. Todo eso es parte de lo que ha estado ocurriendo en el sistema. Hay una falta de solidaridad en un buen porcentaje de la población salvadoreña, hay un individualismo tremendo, un interés desmedido por acumular dinero.

Son males de país más que de gremio, ¿no?

Sí, y ahí el Ministerio de Educación tiene mucho por hacer. Hay que concienciar a la población de que no es viable una sociedad en la que unos pocos se enriquecen a costa de muchos.

 Para concluir, ¿qué le falta por hacer en esta vida, más allá del ministerio?

¡A ver primero si me alcanza el tiempo y la vida para terminar esto!

No estará pensando en esta labor como trampolín para la presidencia en 2014, ¿verdad?

¡Imagínese! Matusalén. Yo ya tuve lo que debía tener en la vida, quizá más. Creo que pocas personas han tenido tantas oportunidades como yo, sobre todo sin buscarlas.


Esta entrevista fue publicada en la edición del 14 de junio de 2009 de la revista Séptimo Sentido. Puede verla pulsando acá (páginas 18 a 23).



Entrevista con Fernando Sáenz Lacalle, arzobispo emérito de San Salvador

“Estamos siendo invadidos por la perversión”


Una entrevista de Roberto Valencia y Rossy Tejada

Cuando en enero de 1985 Fernando Sáenz Lacalle fue ordenado obispo tenía ya 52 años, una edad elevada para lo que suele estilarse en el Vaticano. Eso sí, aunque tardía, su entrada en el Colegio Episcopal fue por la puerta grande. Lo consagró el mismísimo Juan Pablo II, quien desde hacía años seguía la trayectoria del vicario delegado del Opus Dei en El Salvador, el pequeño país centroamericano donde habían asesinado a su arzobispo. De los catorce obispos que hay en el país en la actualidad, solo el nuncio comparte el honor de haber sido consagrado por un Papa.

—Es un regalo de Juan Pablo –mostrará orgulloso, al final de esta entrevista, el anillo pastoral dorado que lleva en la mano derecha.

Sáenz Lacalle no disimula la admiración que sentía hacia Juan Pablo II ni tampoco la que siente hacia Benedicto XVI: “¡Qué maravilloso tener un Papa como el actual!” Y es que, aunque con estilos radicalmente distintos, los dos últimos papas se han caracterizado por su firmeza a la hora de mantener la Iglesia católica fiel a sus añejos principios morales. Y esa fidelidad es algo también que agrada sobremanera a Sáenz Lacalle, alguien a quien no le tiembla la voz para llamar “cosas comerciales” a las iglesias evangélicas que operan en El Salvador.

—La sociedad se debe apoyar en la familia, y la familia tiene que estar apoyada en el matrimonio. Así es una sociedad sana –responderá cuando se le cuestione sobre el que en las últimas semanas parece haber sido el tema más trascendental para el país: prohibir o no de forma explícita en la Constitución las uniones entre personas del mismo sexo.

Salvo el alzacuello, aparece vestido de riguroso negro –pantalón, camisa y saco– y ofrece asiento con amabilidad. La entrevista es en la sede del Opus Dei, en la urbanización Buenos Aires de San Salvador, donde ha regresado a vivir después de ocupar durante 14 años el arzobispado. Lo ha sucedido monseñor Escobar Alas, pero Sáenz Lacalle mantiene, y será así hasta el día de su muerte, el reconocimiento de arzobispo emérito.


¿Es usted el primer arzobispo emérito que tiene esta arquidiócesis?

No, monseñor Luis Chávez y González (arzobispo entre 1938 y 1977) estuvo ya como arzobispo emérito. Y cuando se retiró, trabajó unos años como párroco de Suchitoto.

¿Y qué implica ese nombramiento?

Quiere decir que se tiene el título de arzobispo, pero no se tiene el mandato o la autoridad para estar al frente de la arquidiócesis. Es una muy buena política de la Iglesia dejar los 75 años como la edad en la que se debe presentar la renuncia al Santo Padre.

Y ahora usted ha sido nombrado párroco en Santa Elena, Antiguo Cuscatlán.

Sí, pregunté al nuevo obispo qué le parecía que me hiciera cargo de la parroquia de Santa Elena, y le pareció muy bien. El sábado anterior al Domingo de Ramos fue mi imposición. Preferí que no fuera una ceremonia muy solemne, a la que asistieran todos los párrocos de la vicaría, y fue algo sencillo.

¿Está entre sus planes regresarse algún día a vivir a España?

No, desde 1962 estoy en El Salvador y desde 1966 tengo la nacionalidad salvadoreña.

Es poco tiempo aún, pero ¿qué piensa de su sucesor, monseñor Escobar Alas?

Fue un nombramiento oportuno, porque es de muy buena formación pastoral. Ha pasado muchos años como obispo en San Vicente, conoce muy bien el trabajo de la diócesis, es joven, con fuerza, tiene mucho ánimo y está trabajando tremendamente.

Él dijo al asumir que los más necesitados serán su prioridad. ¿Son los mismos principios que rigieron su período?

Ciertamente esa fue una preocupación. Yo no estuve directamente en las asociaciones del arzobispado que se dedican a la pastoral social, porque es algo absorbente, pero siempre me preocupé porque hubiera gente muy capaz encargada de impulsar todos los programas. De todos los departamentos del arzobispado, el de más amplitud y más actividad es la pastoral social.

¿Cómo ve la Iglesia de hoy?

Si nos fijamos en la alharaca que organiza la prensa mundial... Ha habido manifestaciones políticas que señalan críticas al Papa, pero nada de lo que él ha dicho en sus discursos va en contra de la dignidad de la persona humana, ni mucho menos. En realidad, se está preocupando por afrontar los problemas como los tiene que afrontar, aunque pueda haber manifestaciones anticatólicas, políticas, materialistas o lo que sea. Basta leer sus discursos y libros para ver la claridad de mente que tiene. Y les voy a contar una experiencia: en el último viaje que hice a Roma asistí al Ángelus. Y cuál fue mi sorpresa al ver que toda la plaza de San Pedro estaba también llena de gente. En cierta medida, Benedicto XVI está teniendo un atractivo que no se queda atrás ni comparado con el de Juan Pablo II, un Papa tan popular y admirado. ¡Qué maravilloso tener un Papa como el actual!

¿No cree que la secularización, sobre todo en Europa, está restándole influencia a la Iglesia en la sociedad?

Estas evaluaciones globales de la Iglesia son difíciles de hacer. Es cierto que hay una gran secularización en Europa, pero también es cierto que todas las actividades que organiza la Iglesia siempre están llenísimas. Entonces, quizá lo que está pasando es que la secularización y las críticas tienen mucha acogida en los medios, mientras que la proyección y la profundización cristiana no es noticia.

En El Salvador quizá no se pueda hablar aún de secularización, pero sí de crecimiento de las iglesias evangélicas.

Yo diría que es innegable que se organizan esas campañas que llenan estadios, pero en realidad es una religiosidad y una práctica muy acuñadas en sentimientos, basada en campañas y propagandas. Aun así, creo que la Iglesia católica no está perdiendo, se encuentra más fortificada y madura.

¿Su teoría es que las iglesias evangélicas se llenan con personas que ya habían dejado de ir a las iglesias católicas?

Es que yo no he visto que haya alejamiento, ni mucho menos. Si van a catedral un domingo, verán toda la gente que asiste. Y simultáneamente se están celebrando misas en parroquias de todo el país.

¿Y cómo es la relación entre los líderes? ¿Se reunió alguna vez con el Hermano Toby o con el pastor Carlos Rivas?

No, bueno, vamos a ver. Hay un esfuerzo de parte de la Iglesia para que haya una unidad entre los que creemos en Jesucristo. En enero, en torno a la fiesta de San Pablo, incluso se hace un Octavario por la unidad de los cristianos. Lo que pasa es que hay que distinguir: una cosa son las iglesias históricas, las que tienen un fundamento más sólido...

Como las protestantes...

Sí, luteranos, anglicanos... Y hay que distinguirlas de las otras cosas comerciales que no tienen una estructura puramente eclesial.

Pero en el país parecen tener mucha fuerza.

En el país tienen mucho seguimiento, mucho nivel económico, mucha propaganda, pero desde el punto de vista teológico no tienen fundamento eclesial. Entonces, la labor de todos los cristianos de formar una sola Iglesia se realiza con las iglesias históricas, no con las comerciales. Siempre hay un interés en llegar a la unidad.

¿Cómo califica los cuatro años de gestión que lleva ya Benedicto XVI?

Muy positivos. Sus libros marcan una extraordinaria profundidad teológica y son asombrosos, y a su edad. Además, todo el equipo de cardenales y obispos que le ayudan están muy bien organizados.

Desde dentro de la misma Iglesia ha habido oposición a su conservadurismo.

Pero es que no se pueden hacer concesiones de moralidad, por el bien de la gente, para ayudarles espiritualmente. Y lo que quiere la Iglesia es ayudar a los que se han equivocado, y para eso están todos los medios, desde las diócesis hasta las parroquias.

¿No cree que una mayor apertura no serviría para retener a más fieles?

Pero es que no está habiendo una desbandada.

¿Usted no lo cree?

Reitero: vayan el domingo a la misa de las 8 en catedral y vean. Lo que hace falta más bien es dar una ubicación especial a temas importantes, como lo es la familia. Y fortalecer la familia es al mismo tiempo fortalecer a nuestra juventud y a nuestra niñez. En ese sentido, hay muchos centros educativos católicos, pero los padres de familia deberían de responsabilizarse de la educación de sus hijos, porque estamos siendo invadidos por el paganismo y por la perversión moral a través, sobre todo, de los medios de comunicación.

¿Y no será que la Iglesia es la que no evoluciona al ritmo de la sociedad?

Cada quien tiene que dar cuenta a Dios de lo que hace, ¿verdad? Yo creo que los medios de comunicación tienen una responsabilidad moral tremenda, pero lo que hace falta es ahogar el mal, y aquí es donde digo que tenemos que procurar que en las familias haya más responsabilidad hacia los hijos, y que cada quien no se conforme solo con vivir los valores cristianos, sino que ayude a los compañeros de trabajo, a los vecinos, a los amigos, etc. Es decir, cada uno debería ser discípulo de Cristo, pero también misionero.

¿Algo así como que uno se sienta orgulloso de su religiosidad?

Y que además ayude al otro. Y despertar sobre todo a los padres de familia, porque muchas veces ni apagan la televisión cuando sus hijos están viendo cosas terribles.

Su nombramiento en 1995 también levantó críticas dentro de la Iglesia salvadoreña.

No sé, a mí la verdad es que nadie me vino a decir nada. Bueno, quizá alguien en alguna misa dio gritos, pero a mí el Papa me nombró arzobispo, asumí la responsabilidad e intenté hacer las cosas de la mejor manera. Que la gente opine si está de acuerdo o no lo está ya es problema de ellos. Además, un arzobispo nunca está solo, lo acompaña un consejo de vicarios y consejeros para tomar decisiones, y siempre está el apoyo de la Conferencia Episcopal, donde están todos los obispos de El Salvador.

¿Quién es Monseñor Romero para monseñor Sáenz Lacalle?

Yo desde luego fui muy cercano a Monseñor Romero. El mismo día de su asesinato estuvimos juntos. En 1980 yo era un sacerdote de la arquidiócesis y, como vicario del Opus Dei en el país, solía organizar reuniones y paseos. A principios del mes de marzo, él me dijo que quería asistir al siguiente encuentro porque necesitaba descansar, pero me pidió que lo retrasásemos un poco. El paseo lo hicimos el mismo 24 de marzo y nos fuimos a la playa 10 o 12 sacerdotes y Monseñor Romero. Estuvimos departiendo, leyendo, y recuerdo que después de almorzar platicamos sobre los mártires cristeros.

¿Está convencido de que fue un santo?

Él murió en las circunstancias, digamos así, más favorables. Estuvo todo el día en una actividad fraterna con sacerdotes; después dicen que se fue a confesar a Santa Tecla; y después, estaba celebrando la misa y cuando terminaba la homilía, en el altar, le dispararon.

Entonces, ¿está convencido de que Monseñor Romero fue un santo?

Son señales de una predilección, o sea, que el mal, el demonio, puede organizar todas sus marañas, pero Dios puede arreglar las cosas de manera que todo sea para bien. Y en este caso concreto, si a un sacerdote le preguntan cómo quisiera morir, si en la cama o celebrando la misa, la respuesta es obvia. Y Monseñor Romero murió así. A mí sí me parece que es una señal de predilección.

A Romero se le relaciona con la Teología de la Liberación, con la que usted discrepa.

Pero es que la teología de Monseñor Romero es muy sólida y tradicional. Ciertamente yo creo que su figura ha sido muy manipulada, pero sus escritos y su predicación, viendo todo el contexto de su vida, son de una teología muy apegada al Vaticano. Además, no podemos sacar de su contexto histórico los acontecimientos, porque las circunstancias propias de aquellos años supusieron una serie de tensiones y de influencias.

El teólogo Jon Sobrino es sacerdote de esta arquidiócesis. ¿Qué relación mantiene con él?

Él jamás vino a verme a mi despacho. Quizá lo he saludado alguna vez, pero no he hablado con él, no he tenido mayor relación.

Parece que El Salvador va a tener ahora un presidente devoto de Romero...

No es el primero. El presidente actual (Antonio Saca) también es devoto de Monseñor Romero, es acólito suyo.

¿Lo es?

Yo creo que sí. De todas maneras, lo peor que ahora podría pasar para la causa de su canonización es que un partido utilizara su figura, su martirio o su muerte a su favor. Lo único que hay que hacer es pedirle favores, rezar la oración de la estampa y comunicar los favores recibidos a la Oficina de la Causa de Canonización del arzobispado. Esa es la mejor manera de demostrar la amistad hacia Monseñor Romero, lo otro es explotar su personalidad a favor de las ideas de cada quien.

¿Usted se ve a sí mismo como alguien de ideas conservadoras?

Vamos a ver, los temas de la fe y la moral son eternos, como los diez mandamientos. Los principios morales son eternos y jóvenes a la vez; por lo tanto, cualquier modernidad que suponga ir en contra de la buena doctrina, de los dogmas de la Iglesia o de la moral no es un adelanto ni un progreso, sino un retroceso.

Eso nos lleva al tema de las uniones civiles entre personas del mismo sexo...

Un tema en el que hay que ser positivos. Hay que ser pro vida, en vez de estar contra el aborto. Y con el tema de los matrimonios homosexuales ocurre lo mismo. A uno por estar defendiendo lo positivo lo ponen como que está discriminando, como que está atacando a la gente. Y no es así.

¿Usted cree que no hay discriminación en la actitud de la Iglesia?

La Iglesia no discrimina a nadie. La Iglesia no es antiaborto, sino pro vida. Igual, está a favor de la familia, por ser una institución fundamental en la sociedad. Y la familia se sustenta en el matrimonio, algo tan inherente a la naturaleza humana que está desde la misma creación. Por eso desde la Iglesia estamos pidiendo, rezando, para que se apruebe la reforma que asegura la estructura matrimonial entre un hombre y una mujer.

Pero los matrimonios gay ya están prohibidos. ¿Ameritaba tanta movilización?

Sí, porque las leyes secundarias pueden ser manipuladas, y no estorba una reforma constitucional para definir mejor la naturaleza del matrimonio. Ahora ha quedado claro que es entre un hombre y una mujer así nacidos. ¿Por qué estorba esa aclaración? ¿A quién le estorba? Lo que se ha querido es asegurar el matrimonio y la familia. Ahora bien, si hay parejas de homosexuales, tienen su derecho a estar juntos, nadie los está atacando, pero eso no es un matrimonio. Repito: estamos por la familia y por el matrimonio, no contra los gays. La Iglesia está por lo que Dios ha dispuesto y queremos que se defienda, porque es el mejor apoyo que pueda tener la sociedad salvadoreña.

Homicidios, migración... ¿Cree que El Salvador puede ponerse como ejemplo de sociedad armoniosa?

Con razón de más para defender el matrimonio y la familia.

¿Sugiere que este sería un país peor si se permitieran las uniones civiles?

La reforma lo que pretende es salvaguardar el matrimonio para bien de la sociedad.

España, su país natal, ya...

¡Pero España no es ningún ejemplo!

¿La sociedad española es peor que la nuestra por permitir esos matrimonios?

Es un hecho muy lamentable en cuanto a la moralidad, y genera inseguridad social. Es muy penoso y no es para nada un ejemplo a seguir. Y no es un asunto que afecta a la Iglesia en exclusiva, sino a cualquier buen ciudadano que se preocupa por entender que la sociedad se debe apoyar en la familia, y la familia tiene que estar apoyada en el matrimonio. Así es una sociedad sana, y por eso es importantísimo aprobar la reforma constitucional.

Monseñor, ¿por qué los países más secularizados son también los más desarrollados?

No sabría decirte. Pero desde luego, el hecho de que haya familias bien constituidas es beneficioso para cualquier tipo de sociedad.

Para ir finalizando, ¿cuál considera que ha sido su mayor legado?

Si me piden que elija uno, quizá elegiría que ordené a más de 100 sacerdotes durante mis 14 años. Quiero decir con esto que ha habido una gran preocupación por la formación de los seminaristas. Creo que es para dar gracias a Dios, aunque lógicamente no es una labor personal mía, sino de un equipo, pero sí ha habido una preocupación por la formación de sacerdotes jóvenes y por visitar luego cada una de sus parroquias. Va creciendo la población y cada vez es mayor la migración hacia las ciudades.

¿Cambió mucho la sociedad en 14 años?

Todo cambia, pero si he de elegir algo, quizá sea el tema de los medios de comunicación, porque ha habido un empeoramiento, ahora están llenos de violencia y sexo. Pero también creo que ha habido una mayor conciencia entre la gente y que se ha avanzado en muchos sentidos, aunque a veces contracorriente.

No prevé cambios al interior de la Iglesia.

La Iglesia no debe trabajar en sentido negativo, pensando exclusivamente en evitar que se vayan los feligreses. A ver, hay gente que ve televisión y si se alejan de los valores de la Iglesia, pues no se puede tampoco poner paredes al campo.

Vista la aceptación de las uniones gay en cada vez más países, ¿la reforma de aquí no es precisamente poner paredes al campo?

Si otros países lo aceptan es problema de ellos, pero no es muy sano para un país tener una legislación en la que la institución familiar no esté bien asentada. El matrimonio es el cimiento para una buena sociedad.

La última: ¿es tiempo ya de que haya un Papa no europeo?

Me encantaría que fuese negrito. Pero es el Espíritu Santo el que elige, aunque desde luego que ya ha habido cardenales africanos al frente de congregaciones del Vaticano.


Esta entrevista se publicó el 10 de mayo de 2009 en la revista salvadoreña Séptimo Sentido. Puede verla pulsando acá (páginas 6 a 11).


Entrevista con Violeta Menjívar, alcaldesa de San Salvador (2006-2009)

“Vivimos en una cultura de corrupción”

Por Roberto Valencia


El Salvador está inmerso en lo que Violeta Menjívar llama la cultura de la corrupción. Ha permeado, dice, en los partidos políticos, pero afecta también al mundo empresarial e incluso al funcionamiento de las directivas comunales. Es como un óxido que obstruye los engranajes para el buen funcionamiento del país. Palabras suyas: “Tenemos una especie de cáncer en los valores de la honradez y la honestidad”.

Quien lo dice no es una recién llegada a la política, ni mucho menos. Nacida en 1952 en el seno de una familia políticamente muy activa, Menjívar tiene ya una larga carrera. Es de las experimentadas. Dejando a un lado sus labores diplomáticas durante el final de la guerra civil, a los tres años al frente de la Alcaldía de San Salvador que acaban de expirar hay que agregar los nueve como diputada de la Asamblea Legislativa, donde llegó a integrar la junta directiva. No es muy aventurado afirmar que el suyo es uno de los rostros más conocidos de la izquierda salvadoreña.

Esta condición no impidió que la mayoría de los ciudadanos de San Salvador le diera la espalda en las pasadas elecciones municipales. La matemática revela que hubo gente que rechazó su gestión en las urnas, pero que dos meses después sí votó en las presidenciales por el FMLN de Mauricio Funes. Esto no parece quitarle el sueño a la ya ex alcaldesa, que se va satisfecha con su gestión, dice, sobre todo por el trabajo realizado  en pro de las comunidades. “Parece ser que no llaman mucho la atención las obras que se hacen a las personas de escasos recursos”, se queja.

Su nombre suena para el nuevo Ejecutivo pero, sumisa como buen soldado, ella está dispuesta a hacer lo que el partido le solicite. Es, en esencia, una política. Se puede decir incluso que lo lleva en los genes. Su padre y su hermano mayor fueron también políticos y fueron, los dos, alcaldes de Arcatao, en Chalatenango. El pueblo que vio nacer a Menjívar.

Familia de alcaldes la suya...

Así es. Mi padre fue alcalde dos veces, y mi hermano, también dos veces. De Arcatao. Yo siempre me he preguntado por qué ese municipio ha sido siempre rebelde. Cuando ser rebelde era ser del PDC, los alcaldes que ganaban eran del PDC. Cuando el PDC empezó a caer en decadencia, aparecieron otros partidos de izquierda, que casi ya nadie los recuerda, como el PAR y el PR, y el pueblito era el único, quizá en todo el departamento, que en las elecciones iba contracorriente.

Y a usted le tocó convertirse en la primera alcaldesa de la capital del país. ¿Satisfecha?

Estoy satisfecha. Nadie que ha experimentado lo que significa ser alcalde o alcaldesa en San Salvador puede sentirse completamente satisfecho al término de una gestión de tres años, pero, si se hace un balance general y tenemos en cuenta cuáles son las competencias que el Código Municipal asigna a las alcaldías y los escasos recursos que se manejan, sí, estoy satisfecha.

¿Tres años es poco tiempo?

Es poco tiempo, indiscutiblemente.

Los alcaldes siempre se quejan, pero sus partidos no reforman esa realidad.

Porque no hay un acuerdo político sobre ese punto, sobre aumentar el número de años de los alcaldes, pero yo creo que sí debería de hacerse.

¿Está usted a favor de los concejos pluripartidistas?

Absolutamente. Y el partido ya lo está apoyando. Creo que debemos de saltar a lo de los concejos pluralistas, como ocurre en la Asamblea. Si no, una parte importante del electorado se queda sin representación. Es esencial por varias razones: por la representatividad, por la inclusión, por la democracia, y también por algo muy importante: la contraloría dentro de un concejo.

Reitero. El problema en este país es que los políticos siempre dicen estar de acuerdo, pero sus partidos no actúan.

Bueno... Desde esta entrevista invito públicamente a que la dirección del FMLN tome la iniciativa para impulsar la reforma que convierta en pluralistas los concejos municipales, que ni siquiera es una reforma constitucional. Además, significaría que el partido tendría presencia prácticamente en los 262 municipios.

Se va satisfecha, dice. ¿Algo en concreto le satisface sobremanera?

Hay logros cualitativos y cuantitativos. Lo cualitativo es que hicimos un gobierno local que, por mucho que se nos ataque, fue un gobierno honesto. Respondo por mí misma, ¿verdad? Sería interesante hacer una investigación de cómo entramos su servidora y los 18 concejales y ver cómo salimos, si nuestro patrimonio ha crecido. Porque un alcalde no se puede enriquecer con el salario asignado, pero sí con prácticas corruptas, como que a uno le pongan un cheque por hacer algo.

¿Le ha pasado?

Yo creo que como no vieron entrada... Para esas cosas, al funcionario primero se le sondea, y afortunadamente no tuve ese tipo de ofrecimientos.

¿Y por qué la ciudadanía no reeligió  un concejo tan honesto?

A mi juicio, tuvimos una aceptación importante. Es cierto que no alcanzamos el número de votos para ganar, pero tuvimos un crecimiento en el número de  votantes.

Las cifras... También se podría decir que fue la candidatura más rechazada.

Sí, pero me quedo con que es el caudal de votos más grande que el FMLN ha obtenido en su historia en las elecciones municipales de San Salvador. Y hay otros factores que no se pueden dejar fuera. Desde que llegamos en mayo de 2006 no cesaron los ataques, difamaciones, molestias, obstaculizaciones. La campaña del partido de gobierno en San Salvador fue casi una campaña presidencial, con una tremenda inversión en publicidad, mientras nosotros casi no publicitamos los 538 proyectos que hicimos. Solo en los tiempos electorales, y sin parangón con lo que invirtió el partido de gobierno. Pero en fin, sí, hay algunas cosas que la ciudadanía no vio bien.

Mucha gente votó por ARENA en la municipal y por el FMLN en las presidenciales.

Pero yo no pienso que sea un rechazo a mi gestión. Recuerde que siempre en las presidenciales la votación es más masiva, y además es obvio que un alcalde lleva sobre sus hombros algún desgaste, como cualquier funcionario. O sea, yo creo que eso debe de sopesarse. Y bueno, hay que reconocer que la ciudadanía en algunas cosas no se vio entusiasmada. Y eso es normal.

¿La clave fue una mala campaña de ustedes o una muy buena de Norman Quijano?

Yo creo que la campaña de ellos fue mucho más eficaz que la nuestra, sobre todo porque tenían muchísimos recursos y porque supieron vender unas ilusiones que ni siquiera son competencia de la alcaldía pero que la ciudadanía las agarró. Le apostaron a mensajes ilusionantes, sin importar si lo ofrecido se puede cumplir o no, pero que terminaron encantando. Fue una estrategia electoral.

Que luego el FMLN hizo suya en las elecciones presidenciales.

Debemos reconocer que la campaña de nuestro candidato presidencial, después de las elecciones de alcaldes, se intensificó bastante. Hubo una pauta, si usted se fijó, que fue bastante intensa.

¿En El Salvador se vota más con el corazón que con la cabeza?

Siempre, en los procesos electorales que ha habido en El Salvador, pesa más la emoción que la racionalidad. Entonces, las campañas deben trabajar mucho el componente de la emoción, porque ganar solo con racionalidad y argumentos no se puede. No basta decir las obras que uno ha realizado, sino que hay que jugar con la emoción de las personas.

¿Y que eso sea así es culpa de los que eligen o de los elegidos?

Yo tengo una aspiración muy íntima: que los procesos electorales se convertirán en procesos verdaderamente democráticos cuando la población vote con juicio y con razón. En la medida en que prevalecen las emociones se pueden tener resultados que no son los mejores para el país. Un país más educado, más informado, más culto, nos dejará un voto mucho más razonado. Pero eso es la sociedad ideal, y hoy por hoy en las estrategias electorales hay que combinar racionalidad y emoción. Y probablemente nosotros en la emoción no tuvimos suficiente pegue.

¿Cuánto invirtieron en publicidad?

No tengo la cifra, pero gastamos  infinitamente menos que...

Suponía que me diría eso. Pero no me negará que invirtieron más que hace tres años.

Tendría que hace la comparación, no lo sé. Yo creo que la inversión fue más o menos igual.

Y mezclaron publicidad institucional y partidaria, como lo hace ARENA desde el Gobierno.

Sí, hicimos publicidad institucional, pero  no se puede comparar en volumen con la que se hizo desde el Gobierno.

Al margen de montos, es copiar un modelo que el FMLN siempre criticó.

Si usted repasa los periódicos de los últimos tres años, verá la ausencia de anuncios de la Alcaldía de San Salvador.

Me refería a la campaña.

Yo sí creo que es un derecho promocionar, lo que no se vale son los excesos.

Repasemos su gestión. El parque de Los Pericos sigue sin materializarse.

Si ella lo reconoce honestamente, a Milagro Navas (alcaldesa de Antiguo Cuscatlán) yo le hice desde el inicio varias propuestas privadas sobre este tema. La idea era crear un acuerdo político para sacar adelante las 127 manzanas de la finca El Espino. Yo incluso le dije que, como las dos somos mujeres, era una oportunidad para dar un ejemplo de que los dos partidos mayoritarios somos capaces de ponernos de acuerdo. Le propuse la construcción de un parque ecológico, pero al final no hubo ningún acuerdo.

Lo plantea como si Antiguo Cuscatlán fuera responsable del fracaso.

No, es culpa de los dos, por no haber llegado a un acuerdo. Lo que yo estoy planteando es que yo tomé la iniciativa, pero no sentí receptividad.

Tampoco se avanzó en el tema del reciclaje de la basura.

Yo sí creo que hubo avances, porque sentamos los cimientos de lo que pretendíamos intensificar en una segunda gestión. Cuando yo llegué, había un problema gravísimo de recolección, con la flota agotada, y hubo que solucionar eso primero. Y solo a partir de 2008 se pudo abordar el proceso educativo que conlleva la separación y el reciclaje. ¿Los resultados? Si se da seguimiento, se comenzarán a ver en la próxima gestión.

El Centro Histórico sigue igual, si no peor.

No está completo, pero también se avanzó. Se inició la recuperación de la calle de la Amargura, se rehabilitaron casas en la colonia Bloom, la plaza San Esteban, la plaza de la Salud, lo de los proyectos habitacionales en el centro, se hicieron 17 ordenamientos de ventas... No es que no hayamos hecho nada, ¡17 ordenamientos! ¡2,500 personas que fueron ordenadas!

Doctora, muchas cuadras del Centro Histórico huelen a orines...

Sí, así es, y eso que lo limpiamos cuatro veces al día.

Para concluir el balance, ¿cree que deja una mejor ciudad que la que recibió?

Pienso que sí. Quiero insistirle en los 538 proyectos que  realizamos en tres años, una inversión social sin precedentes. Atendimos las comunidades en riesgo, algo que a veces no se quiere ver, porque parece ser que no llaman mucho la atención las obras que se hacen a las personas de escasos recursos. Parques remodelados, mejora en  la recolección de los desechos sólidos, promoción de la salud... Mucho, si se tiene en cuenta que San Salvador se maneja con un presupuesto anual de unos $56 millones. Además dejamos como legado el Plan Ciudad, donde están plasmados los 15 proyectos estratégicos para cambiar el rostro a la ciudad, en colaboración con el Gobierno central, empresa privada y  comunidades.

¿$56 millones es poco dinero a su juicio?

Para las necesidades que hay, sí.

¿Cuántos empleados tiene la alcaldía?

Unos 4,300.

Santa Tecla tiene unos 700.

Nosotros heredamos los 4,300, pero habría que analizarlo. La planilla más grande es la de los empleados en desechos sólidos, porque es una unidad compleja. La ciudad produce 600 toneladas diarias de basura, pero si algún alcalde tiene la suficiente, digamos, decisión como para reducir la planilla, tendría que ver cuáles serían las repercusiones. Pero sí, habría que hacer un análisis de eficiencia.

Hablando de empleados, ¿hay incertidumbre por la llegada de ARENA?

Cómo no. La diferencia con los cambios de gobierno anteriores es que desde julio del año pasado esta alcaldía se acopló a la Ley de la Carrera Administrativa Municipal, que da más herramientas de defensa a los trabajadores. Pero, obvio, hay mucha tensión. La nueva gestión ya anunció que habrá un recorte de personal.

¿Por qué en El Salvador la alternancia genera incertidumbre entre los empleados?

Porque es un vicio contratar personas por afinidad política, eso se llama clientelismo político, y es muy nocivo para la administración pública. Es legítimo que un partido político promueva a militantes para que desarrollen un trabajo si se les exige eficiencia. Eso es legítimo, pero no llenar una institución pública con una serie de mediocres, de incapaces, de corruptos que destrocen las instituciones amparándose en la bandera partidaria.

¿Quiere decirme con eso que no hay clientelismo en el FMLN?

Las personas que yo tuve en la alcaldía participaron en concurso, se tiene un sistema de evaluación y de rendimiento. Y se quitó a personas que no funcionaron. Es que todo mundo tiene opción política, y no por eso hay que desecharlos. Es como ahora, que se está discutiendo lo de los candidatos a la Corte Suprema de Justicia, y que se quiere vetar a los que participan en algún partido (por Fabio Castillo, ex coordinador general del FMLN), y ese no es el camino. La cuestión es saber qué compromiso tiene, si es con el partido o con la nación, ese es el punto.

¿Cuándo los partidos comenzarán a pensar más en la sociedad que en sus intereses?

A eso debe ir el sistema político, y en la medida que los partidos no demos ese salto, no vamos a recuperar la confianza de la población. Y pensar en los propios intereses es un fenómeno que existe, y que hay que superarlo.

La Asamblea nos dejó estos días un espectáculo bochornoso, negociaciones obscenas.

Mira, la naturaleza de los partidos políticos es esa, y tienen todo el derecho a hacer valer su peso y su fuerza, en concordancia al apoyo que la ciudadanía les ha dado. Por ejemplo, el FMLN tiene todo el derecho a que en la Corte de Cuentas haya una persona que, a juicio del Frente, esté más cualificada. Eso es hacer valer el peso del FMLN en las votaciones. Lo que no se vale es abusar de ese poder para que un funcionario se convierta en un sirviente.

Quisieron apropiarse de la presidencia del COAMSS cambiando las reglas. ¿No es un acto de  mezquindad política?

Yo creo que no. El FMLN no es un organismo como lo pueda ser la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos. Somos una organización política, y el objetivo es conquistar espacios donde la institución tenga un peso para desarrollarse. El partido tiene derecho a tener un peso en determinados organismos, porque la ciudadanía se lo dio democráticamente. En el área metropolitana, 11 de los 14 municipios son del Frente, ¿qué tiene de malo que un partido busque la presidencia? No es ni inconstitucional ni inmoral. La política es así.

Pero es cambiar las reglas a última hora en función de intereses partidarios.

Pero las reglas no están en piedra. Lo que hay que analizar es si es democrático de acuerdo con lo que la ciudadanía arrojó en las elecciones. Para mí, ese es el punto importante.

Hace tres años se fueron molestos de COMURES cuando la mayoría de alcaldes de derecha acordó una junta directiva.

Pero el mayor número de gobernados los tenía el FMLN...

Siempre buscando recovecos para justificar lo propio y...

Así es esto. Nosotros no vamos a negar su peso a ARENA en el nuevo COMURES. Las elecciones sirven para definir los pesos, y algunas instituciones se ocupan hoy por hoy en función de los partidos políticos. Insisto en que el país podría entrar al debate sobre si se debe cambiar este modelo, pero hoy es el que tenemos. Y es absurdo pedir a un partido que no haga su esfuerzo por mantener su peso. Si no, ¿para qué la ciudadanía vota y da pesos y contrapesos?

Concertación, doctora. Al país le iría mejor si los partidos antepusieran ese valor...

¿Pero quién dijo que las reglas que tenemos son las más excelentes? ¿Quién puede decir que cambiar algo no es beneficioso? Todo eso entra en el plano de la discusión teórica e intelectual, y de cuál es el peso de los partidos.

¿Cree que la política es sucia?

Yo no diría con tanta amargura que es sucia, porque también hay cosas buenas que se hacen. Hay un rasgo de suciedad, por supuesto, ¿qué mayor suciedad que un funcionario público llegue a una institución a hacer negocio con el cargo?

Alguien dijo que la política sería una actividad noble si no fuera por los políticos.

Está bonita la frase, pero es como muy idealista. En las empresas hay personas que hacen barbaridades, la corrupción no es algo exclusivo de los partidos políticos. Aquí tenemos una sociedad esencialmente corrupta. Ocurre en las empresas y hasta en cualquier directiva comunal, donde hay gente pobre. Vivimos en una cultura de corrupción, y los partidos políticos somos el reflejo de esa sociedad. En el país tenemos una especie de cáncer en los valores de la honradez y la honestidad, y eso permea en toda la sociedad. Hay empresas privadas corruptas, hay dirigentes empresariales que habría que ver cómo se desempeñan... Lo que pasa es que los partidos, y eso está muy bien, estamos en el ojo del huracán porque la población nos paga los salarios.

¿Podría ejercer de nuevo la medicina?

No he decidido qué voy a hacer, pero con los resultados de las presidenciales al FMLN se le abren grandes espacios. El partido es el que va a decidir qué hacer con nosotros, pero la salud siempre me ha gustado, sobre todo la salud pública. Como se dice, es mi mejor charco.

¿No sabe aún qué hará?

No. He estado muy agobiada con lo del traspaso. Pero no solo pensemos en el Ejecutivo, porque se han abierto muchos espacios dentro del propio partido, por el simple hecho de estar en el poder se necesita un fortalecimiento interno.

Está a la espera de lo que le diga el partido.

Sí, lo claro es que seguiré en la política. Aún no he decidido abrir mi clínica en el mercado Central, algo que me gustaría mucho.



Esta entrevista se publicó el 3 de mayo de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede ver la edición e-paper pulsado acá (páginas 26 a 31).



Entrevista de Séptimo Sentido a Gervasio Sánchez

 

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Talking about YouTube - Entrevista de Séptimo Sentido a Gervasio Sánchez fotoperiodista español
  

Entrevista con Gervasio Sánchez, periodista

“No me gusta la etiqueta de periodista comprometido”

 


Por Roberto Valencia

 

El periodista español Gervasio Sánchez llegó a El Salvador por primera vez en octubre de 1984. Tenía 25 años. Licenciado apenas unas semanas antes, su llegada no fue casual. En 1983 se había integrado en la ONG Amnistía Internacional, y a él se le había encomendado estar pendiente de la que entonces era una de las zonas más convulsas del planeta: Centroamérica. Vino para ver con sus propios ojos si era verdad todo lo que había leído en informes. Lo intentó primero en Guatemala, pero la inseguridad le impresionó tanto que no se atrevió a ejercer el periodismo. “Fue El Salvador donde comencé a ver la guerra.”

 

El reconocido fotoperiodista Gervasio Sánchez ha regresado a El Salvador por enésima vez en marzo de 2009. Tiene ya 49 años. En el cuarto de siglo transcurrido  logró labrarse un currículum como periodista especializado en conflictos armados que impresiona. Hace apenas dos días fue inaugurada una exposición con fotografías suyas en la sede neoyorquina de Naciones Unidas. Y en el largo listado de reconocimientos que salpican sus últimos 15 años de carrera destacan por su importancia  el Premio Rey de España que le acaban de conceder y el Premio Ortega y Gasset que recibió en 2008.

 

Esta entrevista se desarrolló en su hotel, apenas un par de días después de la victoria de FMLN en las elecciones presidenciales. Gervasio  no se hospedaba en el Radisson o en el Sheraton. Fiel a un estilo de vida que él defiende como coherente con la profesión que eligió, la cita fue en el hotelito que hay en la parte superior de Puerto Bus, sobre  la alameda Juan Pablo II.  Llegó puntual, vestía sencillo: unos jeans azules y una camisa de manga corta a rayas desabotonada en su parte superior. Durante más de una hora respondió preguntas sobre sus coberturas en El Salvador y el mundo, sobre el periodismo de ayer y hoy y sobre “Vidas minadas”, su proyecto gráfico enfocado en las  consecuencias de las minas antipersonales. Lo inició en 1995 y aún sigue abierto. Entre los siete protagonistas principales de sus historias hay de hecho un salvadoreño llamado Manuel  Orellana, amputadas las dos piernas, casado, cuatro hijos y vecino de  Apopa. Entre otras cosas, Gervasio estuvo con él una vez más durante su última visita.

 

“Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también he escrito buenos reportajes.” Y es que aunque los principales premios los ha recibido por sus trabajos gráficos, Gervasio optó desde  sus inicios por una concepción integral del reportero de guerra –etiqueta que tampoco le gusta– como alguien capaz de tomar buenas fotografías, escribir buenas crónicas y  hacer despachos de radio o de televisión dignos. Ahora también le ha entrado al mundo de los blogs.

 

¿En qué faceta se siente más cómodo?

Yo empecé en el periodismo desde muy joven y lo hice sin apoyarme en ningún medio de comunicación, viajaba con mi propio dinero. Y no es que fuera rico, sino que trabajaba como camarero en el verano y después viajaba durante varios meses.

 

Hablamos de inicios de los ochenta, ¿no?

Finales de los setenta y principios de los ochenta, cuando comencé a estudiar Periodismo. Yo tenía 19 o 20 años y me sentía ya atraído por ir a los sitios donde pasaban las cosas, aunque era consciente de que si quería llegar a El Salvador o a Guatemala difícilmente un medio de comunicación me hubiera enviado. Entonces, desde muy joven empecé a escribir como había aprendido en la universidad. Con la fotografía, nunca he hecho un curso, todo lo que sé es por mi experiencia sobre el terreno y por haber conocido quizá a los mejores fotógrafos del mundo. Desde el principio entendí que para sobrevivir en este oficio con la fotografía solamente iba a ser difícil, con el periodismo escrito solo, también muy difícil, y con el radiofónico, lo mismo. Por eso siempre intenté apoyar mi mesa de trabajo en diferentes patas, bien sujetas, y que además tuvieran que ver con distintos medios.

 

Suena a necesidad, no a elección.

Creo que fue una estrategia. Sabía que si escribía, tomaba fotos y hacía radio, podría llegar a los sitios que me interesaba estar.

 

Pero no me ha respondido: ¿en qué faceta se siente más cómodo?

Soy más conocido como fotógrafo, lo cual me molesta mucho, porque creo que también escribo decentemente y que he escrito buenos reportajes. En la revista Magazine del diario La Vanguardia, con la que trabajo ahora, siempre van mis fotos y mis textos. Entonces, sí, soy más conocido como fotógrafo, he hecho una serie de trabajos que tienen una cierta consistencia, pero creo que he trabajado temas interesantes en el periodismo escrito y también en el radiofónico.

 

¿Es cierto que una imagen vale más que mil palabras?

Es una frase hecha y una referencia en el mundo del fotoperiodismo. Lo que yo pienso es que una fotografía tiene algo que no tiene un texto: no necesita traducción. En una sociedad de la imagen como en la que estamos, una fotografía hecha en El Salvador o de la guerra de Iraq se puede entender en cualquier parte del mundo. La imagen tiene esa de magia que permite ser transmitida universalmente. El texto, incluso el mejor de todos, necesita ser traducido a otros idiomas.

 

¿Qué le trajo esta vez a El Salvador?

Estoy realizando un proyecto sobre desaparecidos, sobre la desaparición forzosa. He estado en Chile, en Argentina, en Perú, en Colombia, en Guatemala, en El Salvador, en Iraq, en Bosnia, en Camboya... Y todo esto va a cristalizar en una exposición. Aquí estuve en noviembre, con la Asociación Pro Búsqueda y otras instituciones que se dedican a buscar desaparecidos. Y bueno, aprovechando que había unas elecciones importantes, convencí a una serie de medios de la importancia de cubrir esta historia y de paso, trabajar unos días en el proyecto.

 

¿El Salvador es un país más o tiene algún significado especial  para usted?

Este viaje lo concibo como el fin de un ciclo que empezó hace 25 años. Yo llegué a El Salvador en octubre de 1984, cuando aquí se comenzaba a hablar de paz. En la década de los ochenta estuve muchas veces. Estuve en las elecciones que ganó Alfredo Cristiani, una jornada electoral a tiro limpio, muy diferente a la del 15 de marzo. Murieron tres periodistas esos días, dos salvadoreños y un holandés. También regresé para la ofensiva de 1989, para el entierro de los jesuitas, cuando se firmó la paz en enero de 1992.

 

¿Y terminada la guerra?

He regresado para trabajar un proyecto llamado “Vidas minadas”, sobre personas mutiladas por las minas. Uno de los siete protagonistas es un salvadoreño que vive en Apopa.

 

¿Y cómo ha visto la evolución del país en 25 años transcurridos desde su primera visita?

El Salvador es un país donde los ciclos son muy largos. Se comenzó a hablar de paz en 1984, en La Palma y Ayagualo, y se firmó más de siete años después. Y en 1992 terminó la guerra, pero me da la sensación de que la posguerra duró hasta el 15 de marzo. Por fin ha habido una alternancia política, sorprendentemente bien digerida por todo el mundo, incluso por ARENA y por la derecha mediática. La posguerra acabó cuando Rodrigo Ávila anunció que en la política unas veces se gana y otra se pierde. ¿Y qué he visto en El Salvador? Es un país que conozco muy bien y que hoy está inmerso en una situación de violencia estructural tremenda. Aquí hay que hacer un gran esfuerzo para sacar armas de las calles e intentar que el país no sea democrático solo en su estructura electoral, sino también democrático en las calles, que se pueda vivir en las colonias sin estar atrincherados.

 

Luego regresaremos a El Salvador, pero antes cuénteme cómo alguien se llega a especializar en conflictos bélicos.

Es algo que me preguntan mucho en las universidades, creo que porque se idealiza esta especialidad. A mí, en realidad, no me gusta la etiqueta reportero de guerra, por dos razones: una, porque hay mucha gente que se autoproclama reportero de guerra sin haber conocido la guerra; y dos, porque tengo demasiados amigos muertos como para vanagloriarme o intentar expresar con una etiqueta este mundo. Pero respondiéndote, a una especialización se llega después de años o décadas trabajando de una manera obsesiva. Yo llevo más de 25 años trabajando en zonas de conflicto, y creo que esto me permite decir que soy un especialista en conflictos armados.

 

Y en su caso fue buscado de forma expresa.

En mi caso sí, incluso antes de llegar a la universidad ya sabía que quería estudiar periodismo para irme a donde había conflictos armados. Para mí siempre ha sido muy importante viajar y ver las cosas con mis propios ojos.

 

Ha cubierto conflictos en África, América, Europa y Asia. ¿Es cierto eso de que todas las guerras son iguales?

Los que siempre son iguales son las verdaderas víctimas de las guerras, que son los civiles. Las guerras las protagonizan los civiles, las sufren los civiles y sus principales víctimas son civiles, cuando muchas veces ni saben por qué se lucha en su país. A veces, ni los combatientes lo saben. Recuerdo que en El Salvador, tanto cuando estaba con el ejército como cuando estaba con la guerrilla, les preguntaba ¿por qué luchas?, y muy pocas veces un soldado o un guerrillero sabía decirme por qué.

 

¿Cuál es el conflicto más absurdo que le ha tocado vivir?

No me gusta comparar conflictos porque parece como si las víctimas fueran de primera y segunda categoría. Para mí, lo más grave de un conflicto es cuáles son los intereses para que dure. ¿Quién se beneficia de la venta de armas? ¿Quién se beneficia con los intercambios comerciales que generan los conflictos? ¿Quién se lleva el petróleo o quién se lleva los diamantes? ¿Quién es el responsable de que una decisión pueda costar la vida a miles de personas?

 

Pero esas respuestas no están sobre el terreno, ¿o sí?

Bueno, es discutible. Sobre el terreno yo vi que los guerrilleros sierraleoneses recibían armas a cambio de diamantes, y las armas venían de Europa. No es solo Estados Unidos, también Francia, Inglaterra, Alemania o hasta mi país, España, que es la octava potencia mundial en cuanto a venta de armas. La guerra es un gran negocio, y los que quieren hacer negocio se acercan a las guerras.

 

¿Cree en el bien y en el mal?

Lo que pienso es que en medio de un conflicto es muy difícil saber dónde está la verdad. Los periodistas siempre tratamos de buscar la verdad, quién tiene la razón, qué pasa en el lugar... Y yo he llegado a una conclusión: como es tan difícil conocer la verdad porque es la primera víctima de una guerra, otra frase hecha, siempre me acerco a las víctimas. Las víctimas son la única verdad incuestionable de las guerras, y cuanto más cerca esté de las víctimas, más cerca estaré de la verdad.

 

Regresemos a El Salvador. ¿Fue su primera salida como periodista?

Bueno, en 1982 había estado cubriendo desde Israel la invasión del sur del Líbano. Y aún antes, estando de vacaciones en Turquía en 1980, viví un golpe de Estado muy duro. Pero la primera vez que me encontré la guerra de verdad fue en El Salvador. Venía de Guatemala, pero allí no me atreví por lo mal que estaban las cosas. Entonces, sí, aquí es donde comencé a ver la guerra de verdad.

 

 

He visto una foto suya de soldados acuchillando cadáveres de guerrilleros en Soyapango. ¿Es lo peor que vio acá?

No, lo peor era cuando me encontraba con soldados que llevaban orejas colgadas de sus cinturones. Eso ocurrió aquí, yo vi cómo lo hacían durante la ofensiva de 1989. La foto que tú mencionas es de unos soldados de las fuerzas especiales, paracaidistas, y fue la portada de Diario 16, un periódico de España ya desaparecido. Lo que pasó ese día allí fue bastante feo, aunque para mí fue más terrible la masacre de los jesuitas.

 

¿Se sienten de manera especial las muertes de los colegas periodistas?

La muerte de un compañero es lo más terrible que he podido vivir en una guerra, sobre todo cuando he estado presente. En Sierra Leona tuve que identificar el cadáver de Miguel Gil, uno de mis mejores amigos, al que mataron en una emboscada. Aquí, en El Salvador, en 1989 mataron a Cornel Lagrouw, un camarógrafo holandés muy simpático. Julio Fuentes en Afganistán... De alguna forma te das cuenta de que es una lotería. Ellos murieron, pero uno tiene que dedicarse a consolar a viudas, madres, llamarlas en los aniversarios, que sepan que nos seguimos acordando de sus maridos o  hijos. Es muy duro, es lo peor.

 

¿Cuántos países habrá visitado?

Un centenar. No todos en guerra, por suerte.

 

Y en El Salvador ha visto lo que ha definido como la prensa más extremista del mundo.

Ojalá, tras las elecciones, El Diario de Hoy sea capaz de hacer un gran esfuerzo por situarse en un país que quiere modernizarse. No se puede hacer una campaña tan brutal y escandalosamente sucia como la que se hizo aquí. Y también debería de modernizarse ARENA. Una de las cosas que primero deberían de cambiar es su himno, que cuando la gente viene de fuera, y lo escucha, se escandaliza. Un amigo me decía: “¡Pero en qué mundo vive esta gente!” Y el himno se podría mantener  quitando dos o tres frases que hablan de un mundo absurdo. El Salvador, la tumba de los rojos. Es un discurso que hoy ya no utiliza ni el más extremista de los nazis europeos.

 

Si le pidiera que se identificara políticamente, ¿se ubicaría en la izquierda?

No, no. Yo, de hecho, nunca he votado por un partido en mi país. Yo en lo que creo es en mejorar la vida de la gente. No es posible que un porcentaje altísimo de la población salvadoreña viva en la miseria absoluta. Y si un gobierno en 20 años apenas ha avanzado en este tipo de mejoras, pues creo que hay que dar la oportunidad a la oposición, a ver qué hacen. Pero no lo veo como una cuestión de izquierdas o derechas. Cuando los sandinistas ganaron las elecciones en Nicaragua, yo era muy joven, pero luego vi lo que hicieron.

 

Y como periodista, ¿cómo hace cuando un medio le quiere imponer un enfoque?

Yo trabajo con los medios que respetan mi trabajo, y sobre todo, que respetan a los protagonistas de mi trabajo.

 

Eso ahora, para el Gervasio ganador de premios, pero ¿fue así siempre?

Siempre ha sido así. Yo siempre he trabajado con medios y he dejado de trabajar con otros por las motivaciones. Mi mesa de trabajo, como te decía, se apoya en medios diferentes y de distintas ideologías. Y los cambio en función del respeto hacia mi trabajo.

 

Afortunado, pero supongo que se sabrá excepción dentro del gremio...

Bueno, ahora estamos en una crisis económica que afecta a los medios, pero a mí no me parece más que una justificación. Lo que yo creo es que lo que está en crisis es el concepto de periodismo. Los periodistas desde hace años se han dejado comer terreno por personas, por instituciones, por gobiernos y  por políticos, gente que no es del mundo del periodismo. Las entrevistas que se hacen a los políticos son cada vez más de cuestionario, hay conferencias de prensa en las que no dejan hacer preguntas. ¿Pero cómo en una conferencia de prensa no va a haber preguntas? Es absurdo, pero pasa. Y los periodistas, en vez de decir la próxima vez no venimos, aguantan lo que haya que aguantar, no se atreven, porque las empresas posiblemente no se lo permitan.

 

A pesar de las mejoras tecnológicas, ¿cree que el periodismo está mejor que hace 30 años?

El periodismo ha sacrificado algo muy importante, como lo es el gran reportaje. La excusa que adoptan para reducir el espacio los que toman decisiones  es que ya nadie quiere leer un gran reportaje. ¿Pero cómo que nadie quiere leerlo? Entonces, nadie querría leer libros, ¿no? Eso de que el gran reportaje no interesa es una excusa, lo que está detrás es que son caros de producir. Es un tipo de periodismo muy importante, y lo echo de menos. La tecnología ha permitido que todo el mundo haga las mismas crónicas, que todos vayan al mismo sitio a informar a través de las mismas fuentes y que casi todo lo que se lee, se ve y se escucha sea muy parecido.

 

Su trabajo sobre las minas le ha valido destacados premios. ¿Qué relación mantiene con los protagonistas de sus fotografías?

La relación está siempre en función del tipo de proyecto. Cuando es a largo plazo, tiene que ser muy profunda. Como fotoperiodista, voy a llegar a sus casas cuando estén comiendo, durmiendo, paseando... Y para eso hay que establecer una buena relación. El proyecto “Vidas minadas” lo empecé en 1995 y acabé la primera parte en 1997. En 2002 publiqué la segunda parte, y en 2007, la tercera. Con el proyecto de los desaparecidos pasa algo parecido. Decía Ryszard Kapuscinski que nadie puede escribir bien sobre alguien si no conoce su historia. Los protagonistas deben tener voz y cara y nombres y apellidos.

 

¿Y cómo se lleva el buen vivir con las historias crudas que nos presenta?

Yo sigo trabajando como periodista independiente, me sigo autofinanciando.

 

Pero seguro que ha conocido buenos hoteles y restaurantes,  que ha viajado en primera.

Mantengo esa idea de que hay que acercarse a la gente para conocerla, y desde un hotel caro y con aire acondicionado cuesta más salir a la calle. Por ser yo quien me pago mis gastos siempre he sido muy riguroso y evito los excesos. Claro que a veces me han invitado a hoteles muy caros, pero casi siempre que voy a trabajar sobre el terreno vivo de manera muy cercana a la vida normal de la gente.

 

¿Cuesta resistirse a entrar en el círculo de las comodidades?

Tener una buena situación financiera a nadie le disgusta, creo yo, pero en mi caso estoy cómodo haciendo la vida que hago.

 

Un crítico podría echarle en cara que se está lucrando con la miseria ajena.

Toda crítica es aceptable, pero muchas veces hay mala intención. El periodismo es la profesión en la que más envidias hay, pero lo que trato de hacer es un trabajo decente. Además, después de 30 años vivo de una manera que difícilmente alguien podría decir que me he lucrado. Y luego está  la satisfacción de que muchas personas se hayan beneficiado de la recaudación de “Vidas minadas”, ya que renuncié a todos los derechos de autor.

 

¿Y cómo le surgió esa obsesión por las minas antipersonales?

Cuando lo empecé a trabajar ya llevaba muchos años en conflictos. Recuerdo que en 1989, cuando la ofensiva, una de las preocupaciones de los periodistas en El Salvador eran las minas. Entonces, la mina era un arma más, como el fusil, el cuchillo, el mortero o las bombas de 500 libras. Lo más sorprendente fue saber que la mina, que es un arma de guerra, perjudica sobre todo a partir de que se logra la paz y regresan los desplazados. Aquí se hizo un esfuerzo responsable, pero en otros países, como Nicaragua, no. En Camboya hay una media de tres o cuatro mutilados diarios. Y Colombia es el país que hoy día tiene el mayor número de afectados por minas al año, y casi todos son civiles.

 

Su discurso por el Premio Ortega y Gasset digamos que fue políticamente incorrecto.

No planteé nada del otro mundo.

 

Delante de medio gabinete de gobierno dijo que España es un país exportador de muerte.

Estamos hablando del gobierno del Partido Socialista de José Luis Rodríguez Zapatero, que ganó las elecciones contra la guerra, que se benefició de un estado de opinión contra la guerra de Iraq. ¿Y cómo se explica que durante su gobierno se duplique la venta de armas a países extranjeros? Es una doble moral absoluta. España ha vendido armas a la Indonesia de Suharto cuando estaba matando a gente en Timor Oriental, el gobierno de Felipe González permitió la venta a Iraq e Irán durante la guerra que los enfrentó, y el gobierno de José María Aznar...

 

Visto así, ¿no le queda la sensación de que tanta denuncia no sirve para nada?

Yo solo soy un periodista. Incluso me molesta muchísimo cuando me llaman periodista comprometido. Lo mismo que no acepto la etiqueta de reportero  de guerra, tampoco me gusta la de periodista comprometido. El periodismo debe ser compromiso por definición y puede ayudar a cambiar cosas, puede ayudar a mejorar las cosas. El problema es que la profesión cada vez está más embaucada en políticas mediáticas, en historias de grandes negocios. Cuando recibí el Ortega y Gasset hice un discurso que para mí era obligatorio, porque hablé en nombre de las víctimas. Tuvo repercusión por las autoridades que había allí, pero no dije ni una sola palabra soez.

 

Dijo que se avergonzaba de sus representantes políticos, en su cara.

Porque la venta de armas desde España a países en conflicto se ha promovido desde todos los gobiernos que ha habido tras la muerte de Franco, sean de derecha o de supuesta izquierda.

 

¿Y no le generó problemas?

Pues tuvo mucha repercusión, pero no he tenido mayores problemas. De hecho, me acaban de otorgar el Premio Rey de España. Yo no voy al psicólogo, a pesar de todas las cosas que he sentido en mi vida, pero cuando tengo ocasión de decir las cosas como las pienso, las digo. Me da igual quién esté enfrente. Y si me trae cosas negativas, pues mala suerte. Pero hasta el momento, sinceramente, no me ha pasado.

 

Entre periodismo escrito y gráfico, ¿dónde pesa más la ética?

Igual. Yo trabajo de la misma manera cuando hago una entrevista, cuando tomo una fotografía o cuando he hecho documentales. La ética tiene que estar muy presente en la vida de un periodista haga lo haga, incluso si trabaja en internet o si hace un blog. Nadie puede usar el periodismo para injuriar o decir mentiras desde el anonimato. Un blog debería ser tan serio como una gran revista de crónicas, como New Yorker.

 

La última. En sus fotografías usted muestra las secuelas de la violencia de forma explícita. ¿Qué opina de la autocensura de los medios en ese sentido?

Me parece alucinante lo que ocurrió con la fotografía que ganó este año el World Press Photo, que no había sido publicada. No estoy a favor de publicar cualquier imagen, pero eso fue enmascarar la realidad. Pondré un ejemplo: lo que se publicó sobre los bombardeos israelíes en Gaza es una mínima parte de lo que ocurrió. Había imágenes de niños con las cabezas cortadas, niños destrozados... Eso pasó y se fotografió, pero no se publicó. En la agencia AP, donde muchos editores son amigos míos, evalúan si el hecho tiene interés informativo y tratan de evitar la sangre por la sangre. Pero la de la fotoperiodista salvadoreña no puedo entender por qué no se publicó, porque es impresionante y representa una situación que se vive en El Salvador. No publicar una fotografía en la que hay una persona muerta y unos niños mirando es censurar la realidad del país.

 


 

Esta entrevista apareció publicada el 5 de abril de 2009 en la revista Séptimo Sentido. Véala pulsando aquí (páginas 12 a 19).

Esto también es el Caribe

El paraíso feo
 
Millones de turistas pagan un dineral cada año para disfrutar unos días en el Caribe. En su mayoría buscan el sol y las playas que las agencias les vendieron como lo más parecido a estar en el paraíso. Esa es la imagen del Caribe que se llevan se regreso muchos de los visitantes que llenan hoteles y cruceros. La cara amable. La otra, la de la miseria en que viven millones de caribeños, permanece lejos de las cámaras. La comunidad Marlinda, en la colombiana ciudad de Cartagena, es tan solo un ejemplo de que el paraíso no siempre lo es.
 
Por Roberto Valencia

 
Suspenda esta lectura unos segundos. Cierre los ojos primero y piense en el Caribe, imagíneselo...
En serio, hágalo...
[...]
 
¿Qué imágenes vinieron a su mente? Déjeme intentarlo. Islas en medio de un mar imposible, verde, azul y transparente. Arenas blancas finas en playas infinitas vírgenes. Una barca de remos. Sosiego. Palmeras de troncos largos y curvos coronadas por penachos de grandes hojas. Y de los troncos cuelga una hamaca, y de los penachos cuelga la sombra sine qua non. Detrás, un sol perpetuo. Y un cielo intenso salpicado por nubes tímidas. Y una brisa agradecida que levanta olas diminutas. Y dos pelícanos.
 
Otra opción es encender su computadora e introducir la palabra Caribe en el buscador de imágenes Google. El resultado será similar.
 
Hay lugares consensuados en el imaginario colectivo. Incluso quien nunca los ha visitado se atrevería a describirlos. Ocurre con la Antártida, el Sahara o el altiplano andino, y pasa también con el Caribe, que es el que nos ocupa. En el reparto de estereotipos, al Caribe no le fue tan mal en realidad. En las agencias turísticas de Europa y Norteamérica se vende como lo más parecido al paraíso. Por eso el boom de cruceros y de hoteles “All Inclusive” y Cancún y Santo Domingo y Roatán y Cartagena de Indias. Millones de personas pagan cada año cientos, miles de dólares por unas vacaciones que les permitan regresarse con el mar imposible, las playas infinitas y el sol perpetuo en sus cámaras.
 
Pero los lugares como Marlinda seguirán escondidos.
 
***
 
Tiene veinticinco años y se llama Juana Isabel Caicedo. Es alta, espigada, larga cabellera y poderosa dentadura, más blanca por el contraste. Ella y los demás acá son negros. Juana Isabel trabaja para una ONG holandesa que hace un par de años abrió un hogar para niños marginados. El edificio impone. Es blanco como nieve y tan grande que hace ver aún más desdichadas las casas de alrededor. Está en primerísima línea de playa. Apenas hay unos seis metros entre el punto donde esta tarde mueren las olas y la barrera de rocas que levantaron.
 —¿Y para qué las piedras?
 —Es por las inundaciones –dice Juana.
 
Por las inundaciones.
 
***
 
Caribe es el nombre del mar y, por extensión, las costas que salpica también son Caribe. Es un mar extenso, más que México. Sus aguas bañan 21 países y no menos de una docena de islas y archipiélagos aún bajo dominio europeo o estadounidense. Trampolín de la conquista española hace 500 años, el Caribe también tiene prensa por ser zona de huracanes, por sus añejas historias de piratas, por la belleza de sus mujeres y por el boom turístico de las dos últimas décadas.
 
Y dentro del Caribe está Cartagena de Indias. Cartagena es la ciudad colombiana que más turismo atrae. Su secreto radica en haber sabido complementar sus atributos caribeños –sol, playas, palmeras– con un vistoso conjunto histórico, con precios irrisorios para quien paga en euros o dólares y con una efectiva política gubernamental que la convirtió en un escaparate nacional para atraer también al turista de gran poder adquisitivo. Para lograrlo, la pobreza, que afecta a dos de cada tres cartageneros, se relegó hacia las barriadas, creando así dos ciudades superpuestas. Un artículo publicado el pasado 23 de enero en el Washington Post lo describió así: “Para el Gobierno del presidente Álvaro Uribe, Cartagena simboliza una nueva Colombia, vibrante y próspera. Pero fuera de los muros coloniales de 400 años y del encanto de esa ciudad histórica hay barrios tan miserables que los responsables de la salud pública comparan sus condiciones con las del África subsahariana (...). La  mayor parte de sus residentes son negros, el tráfico de drogas es algo habitual, los niños están desnutridos y son comunes las epidemias de enfermedades curables”.
 
Y dentro de esa Cartagena está Marlinda. Situada hacia el norte, a apenas 20 minutos en carro del centro histórico, Marlinda es una comunidad conformada por unas 1,500 personas. A inicios de la década de los noventa, familias procedentes del vecino pueblo de La Boquilla se tomaron a la brava la franja de tierra –600 metros de largo por 150 de anchura– comprendida entre el mar y un humedal con graves problemas de contaminación llamado la ciénaga de la Virgen. Arnulfo y los demás ahí pusieron sus ranchos, y ahí siguen todavía.
 
***
 
Hollywood vino a Marlinda con sus cámaras, sus actores y sus dólares. Necesitaban un lugar indigente y soleado que con poco trabajo pudiera pasar por una comunidad rural cartagenera de hace un siglo. Aún hoy se recuerdan aquellos días de 2006 como los días de las ganancias aseguradas. Después me detallarán.
 
***
 
Aún es mi primer día aquí, y falta un par de horas para que anochezca. Camino por la playa hasta que me topo con una casa sobre la arena. Es también de madera, pero grande, y la tienen pintada de rojo, blanco y azul. Colores vivos, como retando al mar. La familia que la habita tiene el Caribe literalmente en la puerta de casa. Si no fuera por la gruesa barricada que han levantado, las olas se colarían en la vivienda, que también funciona como tienda.
 
 —Este año estuvo menos lleno, pero hubo más tema porque la alcaldía se vino y comenzó a meter a la gente en los colegios.
 
Habla el padre de familia. Es un tipo cincuentón, desconfiado, capaz de inventarse que la directiva les prohibió dar los nombres a extraños. Se refiere a las inundaciones y al hecho de que el último noviembre, tras el desbordamiento, llegaron los albergados, los titulares en los periódicos, las visitas de la alcaldesa y luego del embajador estadounidense. Algo que no había pasado ni en los años en los que el agua subió más y tardó más en irse.
 
Marlinda está comprimida entre el Caribe y la ciénaga. Cada mes de noviembre, cuando finaliza la estación lluviosa, la ciénaga está llena a reventar. Esos días también ocurre lo que los colombianos llaman mar de leva, mareas altas. El resultado es siempre el mismo: casi toda la comunidad se inunda. Lo que varía de un año al otro es el número de semanas que pasan con el agua fétida dentro de las casas.
 
El dueño de la tienda dice que no le molesta mucho. La inundación afecta más a los que viven más cerca de la ciénaga, y él cree tener el problema bajo control añadiendo rocas a su improvisado rompeolas. Cuando le pregunto por el cambio climático y sus efectos, tampoco se inmuta, a pesar de que el pronóstico acuerpado por el Gobierno colombiano para la costa caribeña es que el mar subirá 40 centímetros para el año 2050.
 
 —¿Y no ha pensado irse a otro lugar?
 —Para mí lo más bonito es todo esto de aquí, La Boquilla y Marlinda, y no soy nativo, ¿eh? Pero para salir de aquí tienen que llevarme con los piecitos palante.
 
***
 
Marlinda está marcada por eso que llamamos la miseria.
 
Pero decir hoy miseria nomás es decir nada, una cortesía con el lector, una manera de disfrazar, una etiqueta fácil.
 
Se ha prostituido tanto que decir miseria, míseros, miserables nomás es como dar un porcentaje frío o como recitar los objetivos del milenio. Decir miseria nomás es ahorrarse las descripciones. Se ha convertido en eufemismo. Decir miseria nomás no evoca, por ejemplo, las condiciones de vida de Arnulfo y su hijo de nueve años; no evoca su hogar, con paredes hechas de tablas de madera y a dos pasos de una ciénaga putrefacta llena de mosquitos, un hogar que tiene cuatro metros de largo por dos de ancho –digo: 4 metros de largo por 2 de ancho–, sin cochera, sin cuartos, sin cocina, sin baño; un hogar en el que solo caben un catre y sobre el catre una colchoneta regalada y una hamaca ennegrecida y una silla de plástico y una mesita y un foco y un televisor estropeado; decir miseria nomás no evoca ver a Arnulfo cocinar durante 18 años con un fuego que enciende en la entrada, sobre el piso de tierra, y que intenta contener con tres ladrillos; no evoca tener nada que llevarse a la boca; no evoca pasar tres o cuatro semanas al año con agua hasta las rodillas dentro de eso que llaman hogar.
 
Decir miseria nomás no evoca la miseria.
 
 —¿Y dónde va usted cuando quiere mear?
 —Ahí, en el patio, en el patio del rancho, porque aquí no hay servicio de baño todavía ni nada de eso.
 
***
 
Ya es martes, segundo día en Marlinda. Ever Minota –veintipocos, fornido, colocho y bigotillo– está en la playa con su pequeño hijo, una pelota y dos amigos. Son de Olaya Herrera, uno de los barrios más peligrosos de Cartagena. Como sabe algo de albañilería, Ever ha venido a ayudar a su cuñado a levantar muros. Aún son minoría entre la maraña de ranchos de madera, pero en algunas casas ya dieron el salto al ladrillo. Con la obra intentan también elevar algunos centímetros el piso. Parece no haber mucho interés en irse de este tugurio. Mañana entenderé.
 
***
 
Para llegar a Marlinda en vehículo se maneja tres kilómetros sobre la playa. No hay carretera de acceso. Y no es esta la única rareza. En Marlinda no hay iglesia católica ni evangélica ni unidad de salud ni asfalto en las calles ni Pizza Hut ni instituto ni delegación policial.
 
Pero hay una mezquita.
 —¿Y cuántos musulmanes viven en Marlinda?
 —Aquí puede haber unos cuatro o cinco nomás –responde Arnulfo.
 
Pero hay un billar con siete mesas –siete– que, además de cervezas glaciales a $0.45, vende aceite para cocinar, pampers, papel higiénico y Gatorade.
 —¿Por qué tantas mesas en el billar?
 —Ahí se juega bastante y hay muchos de La Boquilla que se vienen van pa'cá –Arnulfo.
 
***
 
Daisuri Hernández es una Naomi Campbell de 16 años. Alta, proporcionada, grandes ojos y pelo largo y trenzado. Al mirarla, me pregunto hasta dónde podría haber llegado si hubiera nacido en otro lugar.
 
La acabo de conocer gracias a John Luis, un muchacho de 12 años que no me llega ni a la cintura y que se acercó descalzo hace tres cuadras para preguntar qué hago en Marlinda. Me dijo que vende caracol, le pregunté por sus clases y le pedí que me escribiera su nombre en mi libreta. Acertó con la palabra John, pero en vez de Luis puso Laos.
 
Daisuri está en el rancho de Juana Iris, su hermanastra, pegadito a la ciénaga. Hiede. Hablamos largo de los problemas de la comunidad, de las inundaciones que se prolongan semanas en este sector y de los días en los que Hollywood vino a Marlinda con sus cámaras, sus actores y sus dólares.
 
En octubre de 2006, la productora estadounidense Stone Village filmó aquí algunas escenas de “El amor en los tiempos del cólera”. Basada en el libro homónimo de Gabriel García Márquez, transcurre en la Cartagena de finales del siglo XIX y principios del XX. La protagoniza Javier Bardem. Los equipos de producción estuvieron llegando durante casi un mes, y para muchos fueron días de ganancias aseguradas. A Daisuri le pagaron $75 por un día de actuación como extra. El alquiler mensual de la casa en la que estamos no llegaría, me dicen, a los $12.
 
—Teníamos que hacer como si estuviéramos conversando, pero sin que se oyera –dice, orgullo en la mirada, Juana Iris, quien también se disfrazó.
 
La prosperidad momentánea llegó con los tiempos del cólera. La productora incluso tuvo el detalle de llevar postes de la luz hasta rincones de la comunidad donde aún no había.
 
 “El amor en los tiempos del cólera” se estrenó a finales de 2007.
 —¿Y ya la viste?
 —No –responde Daisuri, como si fuera la repuesta lógica.
 
***
 
John Luis –Laos– Jiménez dejó de ir a la escuela porque su tía Jenni Meléndez no pudo pagarle el uniforme.
 
***
 
Arnulfo es Arnulfo Guzmán Jiménez, un optimista. Físicamente se trae un aire al Don Ramón de El Chavo del Ocho, pero en negro. Delgado, nariz chata, bigote espeso, pocos y maltratados dientes. Vive en una casa miserable junto a su hijo Luis Enrique, de nueve, y un perro enclenque. Arnulfo habla de su papá Prisco con respeto. Murió hace años, pero lo cita en presente: mi padre dice...
 
Arnulfo tiene 48 años y 18 los ha pasado en Marlinda. Nacido en La Boquilla, fue de los primeros que se dejó convencer de que como nativos también tenían derecho a invadir la franja de tierra. Llegaron cuando no había nada.
 
  —Allá donde vivo yo es siempre la parte que vive más inundada y más llena –dice, resignado.
 —¿Y por qué eligió ese lugar si fue de los primeros en llegar?
 —A mí me gustó porque yo siempre he sido pescador, y ahí estamos en la orilla de la ciénega, y a mí me gusta tener mis criaderos de sábalos, aunque ahora no los tengo porque...
 —¿Criaderos de qué?
 —De sábalos.
 
Al igual que muchos en Marlinda, Arnulfo tiene en la puerta de su casa una especie de piscina hecha con tablones. Hiede. Aquí intenta criarlos. Los sábalos, explica, son un pescado que uno lo echa uno así, pequeñito, y lo saca de hasta 6 kilos, grande. Es la teoría que les enseñaron. En la práctica, nunca ha podido vender sus pescados porque la ciénaga se desborda cada noviembre y los peces se escapan de su rudimentario cerco.
 
 —El criadero lo hace uno en la ciénega, pero tiene uno que comprar madera, para meterle madera, y alzarlo, pero todo eso se hace con plata, y como yo no he tenido dinero, no he tenido para alzarla.
 —¿Y cuál era el negocio entonces?
 —Ninguno –y ríe.
 
Arnulfo ríe. Ríe cuando enseña su miserable casa, ríe cuando cuenta que lleva tres meses sin pagar la luz, ríe cuando explica que en la ciénaga ya casi no hay pesca, ríe cuando comenta que a él lo contrataron en la película para montar escenarios por $12 diarios, y ríe cuando contesta que tampoco la ha podido ver.
 
Está a punto de cumplir medio siglo de vida y Arnulfo nunca ha viajado. Es muy probable que se muera sin haber salido de Cartagena.
 —¿Y no le gustaría conocer más?
 —Hombre, claro, a uno le gusta conocer Barranquilla y todas esas partes, pero a dónde... No hay.
 
***
 
Cuando llegué a Marlinda por primera vez hace dos días lo hice en motocicleta-taxi. Un joven de nombre Vladimir me trajo por poco más de $2 desde el centro histórico de Cartagena. Carretera hacia Barranquilla, nos detuvimos primero en La Boquilla, preguntamos un par de veces, recorrimos los tres kilómetros de playa y me dejó aventado en una comunidad miserable. Solo. Temeroso, vine nomás con lo puesto.
 
Hoy hasta me he traído la cámara digital.
 
La pobreza y la inseguridad no van siempre unidas de la mano.
 
***
 
Atardece. Tres días en esta comunidad han manchado mi libreta de anotaciones sobre la miseria y  sobre lo que supone vivir con la certeza novembrina de las inundaciones. Un triste presente para quienes ponen rostro a esas cifras de pobreza que llenan los informes oficiales. Y un no futuro si se cumplen los augurios sobre el impacto del cambio climático en la costa caribeña. Visto así, el único atenuante para seguir viviendo en Marlinda es el relativo ambiente de seguridad que describen sus vecinos. Pero me suena insuficiente.
 
Regreso con Arnulfo a la playa justo cuando el sol comienza a ocultarse y el mar parece una bandeja de plata. Dentro del agua hay seis jóvenes. Los menos usan trasmayo; los más, un rudimentario artilugio de pesca compuesto por un anzuelo y una botella vacía sobre la que se enrosca el hilo. Al rato, uno sale, satisfacción en el rostro, con un pescadito que coloca dentro de una vieja y descolorida barca. Me acerco. Salvo el último que aún boquea, yacen inertes una veintena de distintas especies: matacaimanes, narizdemantecas, roncos, marulandas. Ninguno supera los 25 centímetros, pero cocinados con arroz, dicen, alimentan lo suficiente.
 
Sentado y descalzo, José Miguel Ortega –85 años, cachucha, 7 de sus 13 hijos vivos– cuenta que era mucho más lo que se sacaba años ha.
 
 —Si la picada estaba caliente, tirarlo una vez bastaba.
 
Empapado y sonriente, Hernán Martínez –26 años, cachucha, un hijo con Zuleima María– no se queja cuando saca su sexto pescadito. Hasta hace unas semanas más espaciado, pero ahora que está sin trabajo viene cada dos días. Son pueblo de pescadores. Y el mar todavía da de comer. Quizá por eso pocos ven su futuro fuera de Marlinda. El Caribe que los amenaza es también el Caribe que los alimenta.
 

Este artículo apareció publicado por primera vez el 29 de marzo de 2009 en la revista Séptimo Sentido, de El Salvador. Puede verlo pulsando acá (páginas 12 a 17).

Entrevista con Julio Villanueva Chang, fundador de Etiqueta Negra.

“Hay cronistas triviales, pero la crónica no es trivial”

 


Por Roberto Valencia
 
El argentino Martín Caparrós la ha definido como el género de no ficción donde la escritura pesa más, donde más y mejor se aprovecha la potencia del texto. La mexicana Alma Guillermoprieto, respaldada también por una larga trayectoria, la presenta como una forma de vivir la vida y la escritura. Gabriel García Márquez, genio de la concisión, se aventuró con un sugerente juego de palabras: es un cuento que es verdad. El entrevistado de hoy la  presentará como un gran reportaje muy bien escrito.
Todas estas definiciones se refieren a la crónica,  el gran género periodístico.
Hay más, casi tantas   como verdaderos cronistas. Sin embargo, la crónica sigue siendo un terreno resbaladizo donde los límites no están  claros, donde el debate entre si debe priorizarse fondo o forma todavía  palpita, donde es notorio el abuso en la primera persona, donde aún  hay mucho margen para la sorpresa. Esta revista, Séptimo Sentido, nació hace poco más de medio año, y en su hoja de ruta está convertirse en un escaparate para la crónica. Y ese es, de hecho, la excusa y el objetivo principal de esta entrevista: hablar sobre periodismo, sobre crónica y sobre cronistas con una de las personas que más ha trabajado por el género en la última década.
Hoy es 30 de enero, viernes, y faltan  unos minutos para las 7 de la noche. Esto  es  Cartagena, Colombia. En  concreto, estamos en una de las mesas al aire libre de la plaza de Santo Domingo, un concurrido punto de reunión  donde destaca una voluptuosa señora esculpida por Fernando Botero. Casi todos los turistas quieren llevársela  en sus cámaras. La pintoresca ciudad caribeña está estos días inmersa en un festival llamado HAY que ha logrado concentrar a buena parte de los cronistas más respetados de Latinoamérica. Por aquí están pesos pesados como Caparrós o Guillermoprieto, como el mexicano Juan Villoro o como el colombiano Alberto Salcedo. También ha regresado a Cartagena un peruano llamado Julio Villanueva Chang. Viste cómodo, luce una tímida barba salpicada por canas y unos lentes de color rojo singularizan su rostro. Él será  el entrevistado. Ha pedido limonada.  Apenas mirará a los ojos del entrevistador.
En julio del año pasado, el diario español El País se interesó por el aparente boom de la crónica en América Latina. En un amplio reportaje publicado en  Babelia, su suplemento cultural, calificaron a Villanueva Chang como el “gurú-editor” de la nueva generación de cronistas. A la base del calificativo está que este peruano fundó allá por 2002 la revista Etiqueta Negra, uno de los incuestionables y escasos referentes cuando se habla de periodismo narrativo. Camino de los 42 años, Villanueva Chang tiene un currículum en el que, además de Etiqueta Negra, destacan sus dos libros sobre crónicas y perfiles (“Mariposas y murciélagos” y “Elogios criminales”, ninguno de los dos a la venta  en El Salvador), sus artículos publicados en medios como Gatopardo, El País, Soho o Reforma, sus talleres, cursos y charlas impartidos en universidades y medios de comunicación de Estados Unidos, Latinoamérica y Europa, su premio a la mejor crónica otorgado de 1995 por la Sociedad Interamericana de Prensa...
Merecía la pena sentarlo para platicar con él sobre la crónica.
 
 
¿Atraviesa el periodismo un buen momento?
¿Es una broma?
 
Para nada.
Pues en tiempos en los que las noticias llegan en forma de alertas de mensajes de texto a tu teléfono celular, sea un iPhone o un modelo barato con cámara, o que desde ellos puedes enviar videos en tiempo real de lo que estás haciendo en una cocina, no puede haber más que una gran incertidumbre sobre el sentido del periodismo y sobre cuál será la ocupación de un reportero de agencia en el futuro. Para un empresario de medios de prensa, y sus asesores, la mayor preocupación sigue siendo inventar una estrategia publicitaria para ganar dinero o, al menos, para no perderlo. Y los gurús de la comunicación no pueden quejarse porque son los que tienen más trabajo durante esta temporada de despidos masivos a periodistas y de reorganización de las empresas de comunicación.
 
El periodista es el que tiene las de perder...
¿Qué perfil de periodista necesitamos en tiempos en los que las noticias ya no son dictadas por los medios de comunicación tradicionales, sino por redes sociales como el Facebook? ¿En qué clase de publicación acabará uno trabajando en unos cinco años? Una tendencia actual es invertir en los diarios electrónicos con reporteros y editores multimedia, y esto es más o menos igual en las televisoras y en los periódicos. Hoy los profetas de la improvisación creen que seguir haciendo periódicos de papel solo tendrá sentido con información muy elaborada para élites.
 
¿Internet es lo que ha generado toda esa incertidumbre que dibujas?
Más que internet, la tecnología, dentro de la cual está internet. Por supuesto que desde la popularización de internet la relación entre los hombres y las máquinas ha cambiado nuestra percepción del mundo. Tratar de inventar aparatos para facilitarnos la vida, volverla más veloz y hacer cada vez más cosas con un solo objeto ha hecho que no sepamos si somos prótesis de los aparatos o los aparatos son prótesis de nosotros. Eso nos ha facilitado en gran parte la vida diaria, pero de cuando en cuando nos vuelve unos zombies tecnológicos.
 
Yo mencioné internet porque ahora desde un blog se puede informar y generar opinión, algo que parecía reservado al periodismo hace unos poco años.
Sí pero, más que la forma de producir noticias, lo que ha cambiado es sobre todo la forma de percibir el mundo a través de la tecnología. La revolución ha sido cómo las audiencias acceden a la información. Si ahora cada tres minutos interrumpimos lo que estamos haciendo para mirar si tenemos un mensaje de texto o si hay novedades en el Facebook, lo que tenemos es una crisis de la atención. Es decir, si escuchar a más de una persona a la vez ya era un acto más o menos contranatura entre seres humanos, hoy vivimos en un mundo en el que todos hablan a la vez y casi nadie escucha como debe. Y esa crisis general de la atención es una crisis de la percepción del mundo, y en última instancia, de memoria y entendimiento. Internet está cambiando nuestro cerebro.
 
¿Y la relación entre medios tradicionales y blogs?
La incertidumbre sobre qué sentido tiene el periodismo de hoy guarda relación con que el gran problema no es tanto la abundancia de información, sino su uniformidad, y también con la incapacidad del público de distinguir qué es verdad y qué no. Tenemos demasiada información sobre lo mismo y desde un mismo punto de vista. Y se supone que los blogs son la revuelta crítica contra la información oficial. Eso es extraordinario y bienvenido. Los blogs, hay que agradecerlo, han obligado a la prensa a ser distinta hoy. Pero, si te fijas en sus comentarios, la mayoría de ellos son una versión moderna de la literatura de los baños públicos. El blog como expresión individual y género de nueva creación colectiva es una fascinante oportunidad para la rebeldía, pero con ella de algún modo convive la sombra de Babel. La abundancia de los blogs y sus comentarios también han convertido el uso de la opinión en una nueva forma de la pornografía y de la impunidad. ¿Es esto preferible a los tiempos en que solo las empresas periodísticas dictaban qué era noticia y cuyo peor pecado era lo que no publicaban? Quiero creer que, a pesar de sus costos en destruir reputaciones, sí.
 
En este contexto tenemos la crónica, un género que exige al lector esa atención que está tambaleándose.
Que no es un género nuevo...
 
No, pero sí parece estar llamado a romper con la uniformidad que dibujabas.
La crónica es por naturaleza un género desobediente. Pero una crónica puede ser todopoderosa o puede ser una reverenda basura. Depende de la historia que se cuenta, de la mirada de su autor, del tiempo que le ha dedicado, de si ha tenido un editor como colaborador secreto, de lo que ha descubierto con el pretexto de contar una historia, de dónde la publicará y hasta de la suerte. Como en todo, hay buen o mal periodismo, buena o mala literatura. Todo se ha vuelto muy previsible y muy conservador, incluso dentro de lo más decente que se está haciendo. Un escritor de best seller dijo que desde hace un tiempo la mejor literatura era obra de los guionistas de series de televisión. No le faltaba razón. En periodismo, hay sobre todo una preocupación por la velocidad y las ventas, en lugar de preocuparnos por la gente. Por ahora, es un callejón sin salida.
 
¿Cuál es el papel que deberían de cumplir la crónica y el cronista?
No me gusta predicar sobre el deber, y menos adivinar el futuro: nos gustan tanto las profecías que nunca se cumplen. Solo puedo decirte lo que por lo menos intento, de cuando en cuando, hacer yo: contar una buena historia y descubrir cosas y desengañar a través de ella. Dar sentido al caos de las noticias y los rumores. Convertir el dato en conocimiento, y un acontecimiento en una experiencia personal. Y por supuesto, divertir. La gente en una crónica no busca historias porque le guste leer: la gente busca experiencias. Y escribimos historias en parte para intentar dar sentido y lógica a una experiencia. Más que dar noticias, una buena crónica transmite una experiencia.
 
¿La crónica ha cumplido alguna vez ese papel de generar conocimiento para la sociedad?
Cuando uno escribe una crónica, lo primero que quiere es que le lean y que su historia publicada tenga alguna consecuencia. La mayor parte cree que su influencia como cronista va a ser más individual, que es lo que en general ocurre con una crónica más ligada a la literatura. Una minoría cree que su influencia será más noticiosa y política, aunque la realidad es que se está escribiendo muy poca crónica noticiosa.
 
¿Se puede definir la crónica en pocas palabras?
La crónica es un género camaleónico y excéntrico. De ahí que Juan Villoro la definiera como el ornitorrinco de la prosa. Pero en tiempos de confusión, una crónica ya no es tanto un modo entretenido de enterarse de los hechos, sino que sobre todo es una forma de traducir el mundo. Cuando se propone ir más allá de la narración y adquiere un vuelo ensayístico, una crónica es también una forma de conocimiento en el que los hechos conviven con la duda y la incertidumbre. En ese sentido, me gusta otra definición de  Villoro que dice que la crónica es el sentido común del futuro. En el siglo XXI, un cronista ya no es solo un buen escritor de la información. Su desafío es ser un reportero y traductor de los acontecimientos, pero desde una perspectiva de juego de dominó en la que los hechos locales son parte de una tendencia global, es decir, de “lo glocal”, entendiendo a un cronista como una especie de GPS, un orientador en el caos de noticias y rumores. Ya no es tan admisible que, en nombre de la urgencia y la objetividad, la mayoría de los reporteros dedique su tiempo a historias cuyo máximo sentido de verdad se constriña al trabajo notarial de reportar hechos incontestables, tipo verdadero o falso. Su reto es narrar los hechos de tal forma que lleven a un lector a entender qué encierra un fenómeno y sus apariencias, pero tomándose la molestia de no aburrir con ello.
 
¿Y cuál es el futuro de este género es un escenario en el que cada vez se lee menos?
La crónica seguirá siendo un asunto de minorías, a menos que los cronistas asuman el reto de convertirse en multimedia y supongo que por allí ya se están trabajando experiencias ejemplares que aún desconocemos. 
 
Un asunto de minorías, dices, ¿porque así debe de ser o por resignación?
Porque es lo que hay. Elaborar una crónica es un acto muy costoso, al menos como yo la entiendo: es decir, una crónica es un gran reportaje muy bien escrito, un gran trabajo de campo con entrevistas, documentos y la suerte de ser testigo y cuyo relato no aburra. Ello supone semanas o meses de dedicación, un editor cómplice del cronista, una historia en la que los protagonistas cambian ante los ojos de su autor y donde el azar actúa sobre la realidad, y también lecturas. Todo eso es lo que yo llamo una buena crónica.  Otra cosa es dar a algunas páginas de un periódico cierta amenidad, cierto cuidado de la prosa, incluso cierto vuelo poético, todo eso lo puedes hacer sin necesidad de salir a la calle. Pero una crónica, cuando es ambiciosa, exige un trabajo tan delicado como atlético.
 
Antes dije que ahora se lee bastante menos. ¿Compartes esa idea?
No. Es evidente que ahora leemos más, pero sucede que el nuevo lector sub 23 años lee como un decodificador,  sin tiempo para las lecturas formativas. A mí me desespera no poder leer más. Estoy inscrito en el i-Google  y tengo un agregador de noticias donde consulto ciertas páginas de diarios, revistas y blogs. Como es obvio, no podría acabar  de leer siquiera la mitad de las novedades noticiosas que me llegan cada día. Desde ese punto de vista, esta oferta y accesibilidad a la información vía internet conspira contra la lectura ideal, la que pretende darle un sentido a las cosas y ser un objeto de puro placer. En resumen, si nos referimos al acto físico de leer, se lee más. Pero si hablamos de la lectura como un trabajo intelectual, la mayoría de la gente lee menos.
 
¿Y si nos ceñimos a la lectura de la prensa escrita?
Los periódicos tradicionales de papel están viviendo un verdadero apocalipsis, sobre todo los diarios. Pero insisto en el adjetivo tradicional, porque creo que algunos sobrevivirán si se plantean inaugurar una nueva relación con el lector.
 
Busquemos culpables de la nueva situación. ¿Seríamos los periodistas o serían los lectores?
No soy juez y esta entrevista no es un tribunal al aire libre, pero creo que la desesperación que hay para que todo se vuelva una empresa y para que todo genere rentabilidad ha hecho que se pierda de alguna manera la naturaleza de la misión original del periodismo, que es orientar a la gente.
 
El periodista, en general, ¿se ha convertido en cómplice de ese anhelo por la rentabilidad?
El promedio se ha convertido en un empleado mediocre, pero esto no es propio de los medios de comunicación, sino que es un mal contemporáneo que ha invadido tanto a los estudios de abogados como a las fábricas de detergentes. Manuel Vicent decía  a principios de este siglo que ya no se puede decir del periodista que es ese tipo que escribe a toda velocidad sobre un tema que generalmente ignora.
 
Tú también eres docente. ¿Cree que los periodistas salimos bien formados de las facultades?
Si eso fuera cierto, yo no tendría trabajo y sería la persona equivocada para esta entrevista... aunque sigo creyendo que lo soy.
 
Sin embargo, en este escenario apocalíptico para el periodismo que has trazado, la crónica está teniendo un boom. ¿Cómo se explica esa paradoja?
En realidad, el boom que hay es de congresos y talleres por todos los lados: es más publicitario. Pero sí, igual sigue siendo un boom, aunque casi todo suceda entre los amigos que hacemos crónicas y publicamos más o menos en los mismos diarios y revistas.
 
Se están editando muchos libros de crónicas...
Sí. Es cierto que se están vendiendo más libros de crónicas, en español por lo menos; en inglés siempre se han vendido. Pero hay algo más esencial que eso. Hace un tiempo Martín Caparrós decía que él se sentía un marginal llamándose a sí mismo cronista, porque la crónica era crítica, se oponía al oficialismo y era desdeñada incluso por los propios periodistas. Pero ahora él siente que la crónica ya no está al margen, sino que se está volviendo parte del centro y ya no de la periferia, que es vanagloriada y que dedicarse a ser cronista da cierto estatus. Desde sus implacables bigotes, Caparrós dice que algunos cronistas jóvenes están posando con cara de bronce.
 
¿Por qué más libros vendidos? ¿Porque hay mala novela de ficción o porque se ha escrito  buena crónica?
Creo que es porque de cuando en cuando la gente se da cuenta de que el mundo es más asombroso de lo que creía.
 
¿Y coincide el boom en Latinoamérica con una mejora objetiva en la calidad de las crónicas?
No lo veo así. Publica más gente, sí, pero como dijo Martín Caparrós, la crónica se sigue escribiendo como hace 50 años lo hacía Rodolfo Walsh.
 
En un plano muy personal, ¿tienes la sensación de que se está trivializando la crónica?
No. Hay muchos cronistas triviales, pero la crónica no es trivial. Los periodistas y los medios y los editores son los que la trivializan, no la crónica.
 
Cronistas como Caparrós han defendido que los detalles menos trascendentes se pueden alterar y hasta inventar para que un texto gane presencia.
Para mí ese es un falso problema, es un asunto de conciencia de cada uno. Y la única forma de que a uno le preocupe tanto es si se siente parte de la estación de policía del periodismo. Una cosa es la ética y otra, la policía. En mi caso, yo escribo por amor propio. El proceso de percepción de la realidad ya, de por sí mismo, es un acto subjetivo. La subjetividad no es una elección, es una fatalidad. Si lo vemos en un sentido estricto...
 
... todo el periodismo estaría bajo sospecha...
No, por favor, no des la exclusiva a los periodistas: todo acto de percepción y de conocimiento del mundo estaría bajo sospecha. Es normal. El cerebro, los sentidos y la memoria pueden ser muy engañosos. Es inevitable. Iluminar una cosa supone ensombrecer otras. Timothy Garton Ash llama a esto poder literario de selección, ese ojo clínico que un reportero usa para seleccionar unos cuantos momentos que transmitan toda una vida, en lugar de todo aquello que, por falta de tiempo o de espacio, tendrá que omitir. El vigor y la autoridad de una historia periodística está en cómo administrar esa tensión natural entre lo que se sabe y lo que se ignora, entre lo que se cuenta y lo que se omite, y en cómo en última instancia un cronista selecciona y da lógica y sentido a esta información fragmentada y parcial para poder construir con ella una imagen colectiva de su época. El periodismo, por su naturaleza simplificadora y urgente, está condenado a desdramatizar la realidad, pero apostar por publicar una crónica, en lugar de una nota informativa o una entrevista, es solo un modo de intentar desdramatizarla menos. Un cronista ejerce con libertad ese poder literario de selección de un modo similar al de un fotógrafo que elige un determinado encuadre: como le es imposible relatar la historia en su totalidad, encuadra solo unos fragmentos que expresen lo que más conviene al propósito de su historia. El relato no es la realidad, pero la ética y sus lectores tácitos le exigen que no la traicione. Al optar por un determinado encuadre, por algunos fragmentos del acontecimiento que ha decidido narrar, el cronista deja otros afuera. El acto de descubrir supone inevitablemente el de encubrir. El peligro está en que lo que un cronista decide excluir de su historia contradiga o desautorice lo que ha elegido mostrar en ella. Entonces no solo no es la realidad, sino que es un fraude.
 
Eso de inventar detalles se lo pregunto porque Etiqueta Negra es la única revista latinoamericana con verificadores de datos.
Sí, pero el hecho de tener verificadores de datos, al estilo de las revistas de mayor tradición en Estados Unidos, no la vuelve infalible ni la convierte en más moral que otras. Trabajar con verificadores de datos nos ayuda a no volver a cometer los mismos errores que pueden acabar con reputaciones, a recordar con vergüenza nuestros cinismos y perezas, y, como bien dice Alma Guillermoprieto, a protegernos de nuestra propia ignorancia y de la posible ignorancia de los lectores.
 
Pero como editor, ¿aceptaste la modificación de los detalles?
No. Y si supiera que está ocurriendo, trataría de advertírselo al lector. Si eres editor de una revista, tus autores deben saber cuál es tu política editorial. Hay que conversarlo. Pero también se trata de un acto de fe y de confianza.
 
¿Tampoco te tomas esas libertades al escribir?
No. Por ahora, me gusta leer ficción, no escribirla.
 
Hay como dos grupos de cronistas: los que hacen descansar sus textos en el reporteo exhaustivo y los que se apoyan más en su manejo del lenguaje.
Eso es una forma gruesa de decirlo, porque, como decía Víctor Hurtado, aún hay más estilistas en las peluquerías que en la prensa escrita. Hay autores que en algún momento no han querido salir tanto a la calle a hacer un reporteo puerta por puerta y que se preocupan más por el ingenio y el lenguaje. Pero esos mismos autores, en otro momento, pueden preferir hacer un descomunal trabajo de campo y dedicar menos tiempo a trabajar el lenguaje o incluso creer que si lo trabajan en exceso van a oscurecer su exploración de la realidad. Lo que quiero decir es que no me parece muy justo dividir a los cronistas en intelectuales y obreros, con todos los malentendidos que ello supone. Sino que, de acuerdo con la exigencia propia o la de los editores de una publicación, un cronista elige experimentar más en el reporteo o en el lenguaje.
 
Relatos que se hacen en horas y otros que requieren de meses reciben el mismo nombre: crónica.
El tiempo de trabajo en un tema no es lo que determina el género. En algunos casos, el tiempo invertido puede determinar la calidad, pero no el género en sí. Si alguien cuenta una historia que tiene una intriga, un clímax y un final, y casi todo es verificable, eso ya una crónica. Aunque se haya reporteado y escrito en la misma tarde.
 
Seguro que te ha pasado que cuando vas dos, tres o 10 veces a un mismo lugar a hablar con la misma gente, cada día percibes realidades distintas, opuestas a veces. Y si eso ocurre, ¿cómo fiarnos de la primera impresión que es el material de trabajo del cronista de un diario?
Algo parecido me pasó en un perfil que hice al alcalde ciego de la ciudad de Cali. Lo visité dos veces, con seis meses entre el primer y el segundo encuentro, entrevisté a unas 50 personas y esa diversidad me permitió descubrir matices en el personaje, al punto que tuve que corregir varios detalles de mi primera versión y cambiar el sentido de mi percepción de algunas cosas que había observado seis meses atrás en él. Ser testigo del paso del tiempo y de cómo cambia la gente es el lujo de un cronista a diferencia del reportero de diario. Pero también soy un creyente en los aciertos de la intuición y de la experiencia, aunque eso depende más de tu ADN.
 
Una fuente  se abre  cuando tiene confianza con el periodista, algo que rara vez  se logra con una visita.
¿Tu pregunta tiene que ver con qué credibilidad tiene alguien que escribe crónicas de un día para otro?
 
No, me refiero más a la fidelidad de su reporteo.
La confianza que un periodista puede lograr con una fuente el primer día es la misma que se puede tener en una primera cita con la que quisieras que fuera tu novia. La química de ambos puede hacer que sea un encuentro honesto, pero también puede ser  una farsa.
 
Siguiendo tu metáfora, en una crónica de largo aliento el reporteo lograría la confianza del matrimonio.
Si el reporteo para una crónica de largo aliento fuera un matrimonio, sería igual a una tumba. Porque eso son a menudo los matrimonios, ¿no? Sería la tumba de la crónica, dicho desde el punto de vista de un cronista soltero.
 

 
Esta entrevista apareció publicada en la edición del 15 de febrero de 2009 de la revista Séptimo Sentido, el suplemento dominical del diario salvadoreño La Prensa Gráfica. Puede verla pulsando aquí (páginas 6 a 11).
 

Entrevista con Odir Miranda, director de la Asociación Atlacatl Vivo Positivo

“La nuestra fue una lucha por la vida”

 


Por Roberto Valencia

 

 

El hospital donde todo comenzó  está muerto.

 Corrían los últimos días de 1996. Odir Miranda era entonces un hombre esqueleto –65 libras, 1.78 de altura, 28 años– que se retorcía anónimo en una cama del Instituto Salvadoreño del Seguro Social. Semanas atrás había comenzado a adelgazar de forma abrupta, inexplicable, pero su mente se resistía a relacionar lo que  estaba viviendo con la palabra sida. La incertidumbre pudo más. En uno de los cambios de turno llegó una doctora. Vio lo que tenía que ver, dio media vuelta, y se estaba yendo cuando Odir la interrogó. Después de varios días hospitalizado, quería conocer el porqué de su deplorable estado de salud. La doctora se volteó y le dijo algo que el paciente siempre recordará.

 —Mire, señor Miranda, este... ¿a usted no le han dicho que tiene sida? –dice que le dijo la doctora.

 —Pero...

 —Sí, usted tiene sida. Lo que vamos a hacer es dentro de unos días darle el alta y lo vamos a referir a otro médico. Lo que le advierto es que el Seguro no tiene medicamentos para controlar esta enfermedad, y que no tiene cura.

 

A Odir le gusta recrear conversaciones pasadas.

 

El jarro de agua fría lo escucharon otros médicos y enfermeras presentes. Lo escucharon también las personas que compartían sala pero no patología. Y a partir de ese mismo día comenzó a sentir la discriminación y el rechazo. Le marcaron su vaso y sus cubiertos, y hubo pacientes que dejaron de utilizar el baño común.

 

El hospital donde todo comenzó es el viejo Hospital de Especialidades del Seguro Social. Hoy no existe. Está muerto. El ISSS abandonó el edificio al poco de inaugurar el Hospital General a finales de 2004. Pero aquel hombre esqueleto anónimo y moribundo va ahora camino de los 41 años y ya ronda las 180 libras.

 

Odir —ojos oscuros, pelo corto y ligeramente encanecido, homosexual— llega a la entrevista vestido con una camisa a franjas negras y blancas, pantalón oscuro y zapatos lustrados. Informal pero elegante. “Creo que soy comprador compulsivo, comprar me relaja”, dice.

Trata con periodistas desde hace más de una década, pero en sus respuestas aún se intuye un cierto grado de timidez –sutil, casi imperceptible– que no le impide explayarse en sus respuestas. La plática durará casi una hora y media. Se ve que le gusta hablar de lo que ha conseguido desde que lo desahuciaron.

 

—Se dice que usted fue el primer salvadoreño en decir abiertamente que tenía sida.

—No sé si soy el primero. Lo que sí creo es que soy la primera persona que trató de romper con el estigma que se venía manejando, un paso que no fue nada fácil.

 

Jorge Odir Miranda Cortez nació el 21 de mayo de 1968. Los primeros recuerdos de su infancia están ligados al Mejicanos de inicios de los setenta, amarrados a una paupérrima comunidad sobre la calle El Durazno, al costado de la Universidad de El Salvador.

—¿Criarse en un lugar así lo marca a uno?

—Creo que sí, porque nosotros vivíamos en pobreza, me atrevería a decir que en pobreza extrema. Vivíamos en un mesón mi madre, mi abuela, un tío y los tres hermanos.

 

Su niñez está marcada por la pobreza y por la desintegración familiar. A Odir le tocó interpretar el papel de hermano mayor. Detrás estaban su hermana Cecilia y Heller Alberto, otro hermano que falleció niño, a los ocho. Aquellos fueron años de rigidez, de subsistencia, de hacinamiento, años sin regalo de Navidad. Estudió en una escuela llamada José Francisco Barrundia, que tampoco existe  –“ahora hay una iglesia evangélica”–, como si el destino se estuviera empeñando en borrar las etapas de las que no guarda buenos recuerdos.

 

—¿Aguantaste hambre de niño?

—Sí, lógicamente. Mi mamá y mi abuela trabajaban de lavar y planchar, y en las tardes a veces nos dejaban bajo llave a mis hermanos y a mí. Todo fue un proceso que marcó bastante mi niñez, porque la pobreza impedía realizar muchas cosas que se desean de pequeño. No tener distracciones, no tener un televisor, no tener momentos para disfrutar cuando se es niño... Criarse en un espacio de pobreza es bastante difícil.

 

—¿Y su padre?

—Mis padres se habían separado esos años. Años después regresaron, y esa es otra parte de mi vida de la que casi nunca hablo... Mi infancia estuvo marcada por las necesidades. A veces, por ejemplo, teníamos que dormir en el patio del mesón porque no cabíamos todos en el cuarto que rentábamos.

 

—¿Y así hasta qué edad?

—Hasta como los ocho o nueve años. Entonces mi madre se reconcilió con mi papá, y nos fuimos a vivir todos juntos. Esa fue una etapa bastante difícil para mí, negativa. Nos fuimos a otro mesón, y hubo un cambio de régimen. Mi papá era rígido en algunas cosas, pero en otras era un irresponsable, porque no cumplía con sus obligaciones de la casa. Mi mamá tuvo que sacrificar mucho para que nosotros pudiéramos seguir estudiando, y eso me marcó la vida. No pudimos tener libertad en muchas cosas, en casa no se hablaba de sexualidad...

 

—Todas esas condiciones contra las que está luchando ahora las vivió usted de niño.

—Exactamente. Mis hermanos y yo no disfrutamos la infancia ni la adolescencia como debe de ser. Nunca tuvimos regalos de Navidad y ese tipo de cosas.

 

—¿Tus padres están vivos?

—No. Mi papá es como si hubiese fallecido, porque no sé de él desde hace 18 o 19 años, y no me interesa saber tampoco. Y mi madre falleció el año pasado.

 

Se llamaba Carmen Guadalupe Cortez. Está convencido de que sin su apoyo no habría podido escapar  del pozo. En aquel diciembre de 1996 Odir vivía en el reparto San Ramón de Soyapango y ella, en Ciudad de Guatemala, pero raro es que pasaran dos semanas sin venir a visitarlo. Estaba de hecho en San Salvador cuando ocurrió el exabrupto en el Hospital de Especialidades. Fue la primera persona a la que se lo contó. La reacción fue fría: que quizá eran los análisis de otra persona, que Dios los ayudaría...

 

A los pocos días abandonó el hospital. Salió en silla de ruedas, esqueleto. Y fue Carmen quien más interés puso en ir a conocer a ese médico que les habían recomendado: Jorge Panameño, un infectólogo que tenía su consultorio del Hospital de Oncología, siempre en el Seguro Social.

 

A Odir le gusta recrear conversaciones pasadas. Esta es la que dice que mantuvieron su madre y el doctor Panameño.

 

—Mire, doctor, la verdad... ¿qué puede hacer Odir en el estado en el que se encuentra? Si prácticamente estamos esperando que se muera.

—Mire, señora, ¿usted tiene fe?

—Por supuesto, doctor. Si no tuviera fe, creo que mi hijo ya estaría muerto.

—Yo tengo unos medicamentos que están vencidos. Es una biterapia, algo que científicamente no funciona ya como debe de ser. Pero es lo único que yo te puedo ofrecer en este momento. No te lo ofrece el Seguro, te lo estoy ofreciendo yo.

—¿Y qué le puede pasar si no le funciona?

—Nada. No se va a intoxicar, y él está en un proceso bastante difícil, está a un paso de la muerte.

—Bueno, doctor, si usted lo cree conveniente...

—Entonces lléguese en la tarde a mi consultorio, que se los voy a entregar.

 

Llegaron. También iba Odir. Panameño se le quedó mirando, impactado de ver huesos nomás. Recuerda que en su escritorio había un sinnúmero de frascos. Aquel primer coctel de medicamentos fue con un antirretroviral llamado Virex. Cada dosis era de seis pastillas del tamaño de un Alka Seltzer, y había que tomarla  tres veces al día, además de otros fármacos adicionales.

 

Carmen respondió como una madre. Lloró.

—Antes de que se vayan –condicionó Panameño la entrega–, quiero que hagamos una oración y le pidamos a Dios que si él quiere, Odir se levantará; y si no quiere, aceptaremos que ni con estos ni con otros más caros tendremos resultado positivo.

 

Oraron. Regresaron a la humilde casa de Soyapango. Y ese mismo día Carmen decidió que se llevaría al fruto de su vientre a Guatemala.

—Aquí no te puedo dejar, no hay quien te cuide.

 

A las dos semanas, disminuyó la desidia, aumentó el apetito. Un agnóstico diría que la biterapia con medicamentos caducados funcionó. Un creyente fervoroso lo atribuiría exclusivamente a la oración. Odir piensa que fue la combinación de ciencia y fe lo que le salvó la vida. Él cree en Dios. Dice que su comunicación con él fue muy importante, que cada vez que tomaba las pastillas le pedía que se hiciera el milagro. Pero su fe no le impide ser crítico con las iglesias...

 

—La prevención es una deuda. ¿Suscribiría esa afirmación?

—Exactamente.

 

—¿Por qué sigue dando la impresión de que no se quiere promover abiertamente el uso del preservativo?

—Eso es algo que  seguimos criticando, y lo hemos hablado al interior de CONASIDA (la Comisión Nacional contra el Sida) y en otros foros. Es un tema en el que seguimos muy atrasados. En El Salvador no se habla de los preservativos, se trata de evadir ante cualquier situación. Esto se debe, lógicamente, a la influencia de la Iglesia católica. Pero sí, creemos que es una barrera que debe de vencerse porque debe de haber una equidad en cuanto a las estrategias de prevención.

 

—¿La Iglesia ha acompañado al resto de la sociedad en su evolución frente al sida?

—La Iglesia católica, que es la más grande, en lugar de contribuir a impulsar estrategias efectivas de prevención, ha sido un obstáculo. En nuestro país va a seguir creciendo el número de personas infectadas, y es responsabilidad de la Iglesia. Han promovido mucho que no se enseñe, que no se hable del tema, que no se impulsen campañas...

 

—En CONASIDA no hay obispos, hay funcionarios.

—Sí, pero la influencia llega a esos niveles, a los ministros, que no quieren tener conflicto. Pasar esa barrera es un reto para las ONG, pero lo que ocurre  ahora es que nuestros recursos económicos son muy reducidos. Tanto que no nos permite lanzarnos contra esta barrera que es la Iglesia.

 

—Buena parte de los fondos son de la cooperación internacional.

—Pero se canalizan a través del Estado, y es muy difícil que las asociaciones podamos acceder a los fondos para hacer las campañas, que son carísimas.

 

—¿Y qué relación mantienen con las cada vez más influyentes iglesias evangélicas?

—En la Iglesia evangélica no se habla del tema, ni se quiere abordar. Hablan de otros temas, pero no del condón. Respecto a las otras, las únicas iglesias con las que hemos hablado abiertamente son la luterana y la anglicana.

 

—Pero esas son minoritarias.

—Sí, pero de alguna manera pueden contribuir a que las ONG podamos lanzar campañas más efectivas respecto al uso del condón. Lógicamente, compartimos que el tema se tiene que abordar de manera coherente.

 

Odir es uno de los cinco miembros fundadores y es el actual presidente y director de la Asociación Atlacatl Vivo Positivo, una organización no gubernamental cuya misión es “contribuir a la construcción de condiciones autónomas y justas para el desarrollo de las personas afectadas con el VIH/sida”.

 

En mayo pasado conmemoraron el décimo aniversario desde su creación, 10 años desde que se decidió dar la cara. En mayo de 1998, cuando la palabra sida era una cruz social infinitamente más pesada que hoy, Odir apareció en un reportaje publicado en La Prensa Gráfica sin ocultar rostro ni nombre. Hoy no suena tan osado, pero entonces lo era, era asunto de pioneros. Él tomó la decisión después de un viaje que hizo a Costa Rica, donde un grupo organizado de personas con VIH le recomendó  personalizar la epidemia, humanizarla.

 

El nombre elegido para la asociación hace referencia al indígena Atlacatl. Aunque no hay consenso sobre si realmente existió, Atlacatl se considera el jefe que plantó cara al español Pedro de Alvarado en su conquista de Cuzcatlán. El incipiente grupo de personas con VIH creyó que esa historia estaba en sintonía con la batalla que iban a empezar. Pero no fue la única razón: “También lo elegimos para ir quitando la estigmatización de siempre llamar a las organizaciones con nombres que incluyen la palabra sida. Quisimos quitar eso, y también que se identificara con el país. Esto luego nos ha ayudado para el reconocimiento en el ámbito internacional, aunque al principio, obvio, nunca pensamos que la asociación llegaría a tener tanta importancia”.

 

Amén de que su lucha se cita como ejemplo en todo Latinoamérica, Atlacatl Vivo Positivo y Odir son hoy por hoy un referente nacional incuestionable en el tema VIH/sida. Primero como suplente y ahora como titular, Odir lleva cuatro años en CONASIDA, sentado junto a las máximas autoridades del Ministerio de Salud.

 

—¿Cambia mucho tener el Estado como adversario a tenerlo como aliado?

—Sí cambia. Creo que esta etapa ha sido otra etapa de crecimiento en lo personal y también para el país. En el plano personal porque se trabaja junto a personas comprometidas, que no tienen simplemente un interés económico o político, sino un interés realmente personal. Eso ha permitido hacer las cosas de manera diferente. El liderazgo de los activistas  en toda Latinoamérica  se caracterizó en su momento por se de confrontación hacia los gobiernos, porque había personas cerradas que no querían hablar de esto. En esos inicios el reto, y un reto muy difícil, fue colocar el tema en la agenda política.

 

—¿Y ahora?

—Ahora estamos dentro de un espacio de toma de decisiones, un espacio que nosotros nos lo hemos ganado.

 

—¿Y se contiene Odir Miranda ahora más que antes para hacer críticas?

—No, porque creo que mi posición no ha cambiado, sigue siendo que las cosas se hagan como se deben de hacer. Yo creo que el que cambió fue el Gobierno, que pasó incluso a aceptar públicamente que todo lo que se ha logrado en el país no fue por su voluntad, sino por la presión de las personas con VIH. El actual presidente de la República lo aceptó públicamente, algo que admiramos.

 

—¿Y no le ha supuesto enemistades de otras personas con VIH esa cercanía al Gobierno?

—Sí. Hay costos que pagar, pero creo que actuar de una manera inmadura es no ser profesional. Nosotros hemos logrado poner el tema donde queríamos, y no pelearnos con las personas, sino contra las políticas que violentan los derechos de las personas.

 

—Discriminación sigue habiendo...

—Y va a ser muy difícil erradicarla por el mismo pensamiento de las personas.

 

—Porque a Odir Miranda los periodistas lo queremos entrevistar y los funcionarios quieren tomarse fotos con él, pero esa no es la realidad que vive un seropositivo anónimo en su colonia.

—Exacto, pero nuestro ejemplo es también como un proceso de enseñanza para las personas con VIH. Es decirles que podemos lograr muchas cosas, que no tenemos por qué escondernos, que podemos dar la cara... Haberlo hecho hace 10 años ayudó a avanzar en el tema. Una de las satisfacciones que tengo es que en los supermercados o en cualquier lugar la gente se me ha acercado para felicitarme. Son cosas que hasta me han hecho llorar, ver que hay gente que reconoce el trabajo realizado, y que no nos ve como extraterrestres.

 

La realidad hoy es otra a la de finales de la década de los noventa. El tema VIH/sida tiene amplios espacios en los medios de comunicación, llegan cuantiosos fondos de la cooperación internacional, se ha institucionalizado un Día Nacional de la Prueba, se construyen monumentos conmemorativos, incluso el lenguaje es más respetuoso... o intenta serlo. Sin salir de Centroamérica, un grupo de docentes y estudiantes de la Universidad de Costa Rica elaboró este año un dossier titulado “Manual de comunicación inclusiva”. Se trata de un compendio de maneras respetuosas para referirse a grupos minoritarios, y las personas con VIH tienen sus páginas.

 

—¿Le resulta ofensivo si digo que alguien se ha contagiado de VIH?

—Talvez no ofensivo, sino que no es la forma correcta, y además promueve mucho la estigmatización. Contagiado no es la palabra correcta, ni tampoco contaminado. Aunque mucha gente las usa.

 

—Contaminado sí tiene una carga más peyorativa, pero contagio...

—Sí, contagio es más suave, pero no es la palabra correcta, porque no somos objetos, no somos cualquier cosa. Hay que evitarlas en el sentido de que no respetan a la persona, se oyen discriminativas.

 

—¿Y cuál sería el término correcto?

—Constantemente se están actualizando, y ahora se debe decir personas con VIH, ya ni siquiera se usan las siglas. ONUSIDA promovió hace unos años PVVS (Personas Viviendo con VIH y Sida), pero después se llegó a la conclusión de que no somos siglas, y ahora se ha optado por presentarnos simplemente como personas con VIH.

 

—El manual que tengo también sugiere que no se use la palabra seropositivo.

—No, pero esa  sí se puede utilizar, porque es algo que identifica a una persona que aún no ha desarrollado la infección.

 

—Y recomienda no hablar de grupos de riesgo.

—Sobre ese punto hubo una discusión grande, porque todas las personas estamos en riesgo ante el VIH, por eso se promueve que no se use el término.

 

—Pero todos los que he citado están a la orden del día en los medios de comunicación.

—Sí, lo que pasa también es que cuando se está haciendo un proceso educativo a una población específica, sucede que cuando se está terminando el proceso ya vienen cosas nuevas. Por eso es bastante difícil lograr que las personas capten todos los cambios, porque son constantes.

 

—Le pido honestidad en su respuesta. ¿Cómo nos portamos los medios salvadoreños en esto de la comunicación inclusiva?

—Una de las cosas que yo admiro en los medios del país es que han luchado por cambiar las palabras estigmatizantes, aunque se siguen utilizando, hecho que se puede atribuir a la misma rotación de periodistas dentro de cada medio. Dicho esto, también hay medios que pareciera que tienen la visión de utilizarlos conscientemente.

 

—¿Hay mala fe entonces?

—Sí, o simplemente les encanta el drama, y eso es algo que no debería de existir. Sí hay medios que parece como que si su objetivo fuera mantener una visión dramática sobre el tema, aunque en general sí se ha crecido muchísimo.

 

—¿Qué es lo más indignante que le ha tocado leer o escuchar?

—Sidosos fue lo más chocante que he visto. A finales de los noventa se nos llamaba de manera sistemática sidosos o los enfermos.

 

—Son los años en los que interponen la demanda contra el Estado.

—Sí. Entonces en los medios no se hablaba mucho del tema en su lado educativo, solo como una enfermedad que estaba acabando con personas. Nosotros tratamos de promover la parte educativa, el uso de las palabras correctas, pero resultó imposible entonces. No había ningún tipo de interés de parte de los periodistas de meterse en un taller o en un proceso educativo. Siento que se veía como perder el tiempo.

 

 La negativa del Seguro Social a brindar antirretrovirales a las personas con VIH llevó a un grupo de 34 personas –uno de ellos, Odir– a interponer una demanda judicial en  la Corte Suprema de Justicia en abril de 1999. Ante lo que interpretaron como pasividad y connivencia estatal, el reclamo no tardó en llegar a Washington, a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH).

 

La CIDH terminó condenando al Estado salvadoreño, condena que en los últimos años se ha tratado de solventar por la vía amistosa. Pero el tema aún no está finiquitado. “No –dice Odir–, y es algo que queremos aclarar: el proceso no está cerrado. La Comisión Interamericana llamó a hacer acuerdos amistosos, pero a estos acuerdos hay que darles seguimiento. Si en alguno el Gobierno salvadoreño falla, la demanda continúa. Esperamos que eso no vaya a suceder, pero depende de la voluntad del próximo Gobierno.”

 

El Salvador está estos días inmerso en campaña política, el período de las promesas infinitas, pero en la Asociación Atlacatl Vivo Positivo sienten que el VIH/sida está siendo irrelevante para los partidos. Desde hace ya algunas semanas han invitado al programa que los jueves tienen en Radio El Salvador a los principales candidatos, y el único que se dignó a llegar fue Tomás Chévez, del Partido de Conciliación Nacional.

 

Estos también son días para dar a conocer cifras sobre la epidemia. El sida irrumpe en la agenda mediática en las semanas previas al Día Mundial. Y este año hay motivos para la preocupación. En los primeros 10 meses de 2008 son 1,813 los nuevos casos registrados. El promedio de infecciones diarias es de 5.9, el más alto alcanzado nunca. El sida es todavía una amenaza, una seria amenaza.

 

—La zona oriental tiene, con diferencia, la tasa de incidencia más baja.

—Fuera de San Salvador, la movilidad de personas en la zona occidental es mayor. Recordemos que la mayoría de las fronteras se concentran al occidente.

 

—En Sonsonate hay muchas infecciones. ¿Ven alguna relación con que allá esté el puerto de Acajutla?

—Sí, es un área con mucho trabajo sexual. De hecho, estamos ahora ejecutando un proyecto en esa zona, porque hay muy poca información y hemos detectado que aún existe la barrera para el uso del condón, hay mucha resistencia a usarlo por falta de información.

 

—Ahora viene Cutuco, en La Unión. ¿Han abordado en CONASIDA ese tema?

—Se ha hablado de impulsar un programa, pero como Atlacatl nomás. Consideramos que son lugares en los que todavía podemos hacer algún trabajo con los jóvenes, que tiene que ser nuestro punto de referencia. Trataremos, en alianza de otras organizaciones, de hacer algo, aunque sea una responsabilidad del Estado, el Programa Nacional debería de abordarlo...

 

—¿Aún no se ha abordado?

—No sé, pero en CONASIDA, que es donde estamos representados, no se ha abordado nada sobre el VIH en este nuevo puerto.

 

—Cada día hay seis nuevas personas con VIH. ¿Qué lectura hace?

—Yo creo que deberíamos de estar mejor, deberíamos de tener menos casos. Pero hay que tener en cuenta que en los dos últimos años se ha realizado el Día Nacional de la Prueba, algo que está contribuyendo a que haya menos subregistro.

 

—Comparados con nuestros países vecinos, ¿cómo estamos?

—En Honduras, por ejemplo, sigue aumentando el número de casos cada año. En toda Centroamérica, excepto en Nicaragua, la tendencia ha sido a aumentar. Pero lo que decía, también se ha mejorado mucho la situación epidemiológica, y se contabiliza mejor.

 

Hace poco más de tres meses esta revista publicó un extenso artículo en el que se argumentaba una aparente paradoja que sucede en El Salvador: por los avances habidos en la atención a las personas con VIH, enfermedades curables como la insuficiencia renal o algunos tipos de cáncer son hoy por hoy más mortíferos que el sida. Odir es un ejemplo. Han pasado 12 años desde que se le diagnosticó sida, 12 años.

 

—Creo que la persona que en la actualidad muere como consecuencia del sida es porque se deja morir. Ojalá hace 10 años una organización o una persona se me hubiera acercado a decirme: “No se preocupe, nosotros le brindamos apoyo, en estos hospitales le pueden atender”. Ahora existe todo eso, y luchar por ello, por la vida, porque la nuestra fue una lucha por la vida, creo que fue acertado.

 

—¿Y mantienen contacto con personas afectadas por otras enfermedades?

—Hace poco tuvimos una reunión con personas que padecen de artritis a temprana edad, y nos plantearon situaciones difíciles, similares a las que nosotros pasamos durante el proceso. Me invitaron para animar a las personas a hacer valer su derecho a la salud. También ayudamos a las personas que padecen de hemofilia... Entonces, ver la experiencia en el tema del VIH está ayudando a otras patologías.

 

—Estando como está el sistema público de salud, ¿se sienten ahora privilegiados?

—Yo no creo que sea privilegio, porque nada más hemos hecho valer nuestros derechos, y lo que se enmarca en tus derechos no es privilegio. No, no nos sentimos privilegiados, sino respetados. Claro que hay personas que han pedido que no se gaste mucho en nosotros, porque de todas formas nos vamos a morir, que se invierta en otras enfermedades. De hecho, se vende el concepto de que las medicinas que nos dan son gratis, pero en realidad no es así, porque no es más que una devolución de todos los impuestos que nos cobran. Es nada más hacer valer el derecho que uno tiene a la salud, a la vida.

 

—Odir, ¿cómo se lleva la idea de la muerte cuando se es una persona en etapa sida?

—Se piensa mucho en ella, y es algo que al inicio uno no puede manejar. Yo constantemente pensaba que al día siguiente podía amanecer muerto. Tenía mucho miedo. Pero ser VIH positivo me ha enseñado que eso le puede suceder a cualquiera en la calle, cualquier día.

 


 

Esta entrevista se publicó en la revista Séptimo Sentido del 30 de noviembre de 2008 (páginas 6 a 11)

¿Mejora nuestra América Latina?

Anoche –escribo esto la mañana del domingo 23 de noviembre– estaba leyendo uno de los libros editados por el Centro Monseñor Romero de la UCA, y algo me llamó la atención. El libro en cuestión es el cuaderno #18, titulado “Cartas pastorales y discursos de Monseñor Óscar A. Romero”, e incluye algunos de los textos más significativos del arzobispo asesinado de un disparo en el corazón.

 

Por supuesto, ahí se encuentra la trascendental cuarta carta pastoral, presentada en agosto de 1979 y que se hizo eco del espíritu emanado de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Puebla (México) pocos meses antes.

 

Lean, por favor, estos párrafos de la carta pastoral retomados del Documento de Puebla:

“La situación de extrema pobreza generalizada adquiere en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela:

Rostros de niños, golpeados por la pobreza desde antes de nacer, por obstaculizar sus posibilidades de realizarse a causa de deficiencias mentales y corporales irreparables…

Rostros de jóvenes, desorientados por no encontrar su lugar en la sociedad; frustrados, sobre todo en zonas rurales y urbanas marginales, por falta de oportunidades de capacitación y ocupación;

Rostros de campesinos, que como grupo social viven relegados en casi todo nuestro continente, a veces, privados de tierra, en situación de dependencia interna y externa, sometidos a sistemas de comercialización que los explotan;

Rostros de obreros frecuentemente mal retribuidos y con dificultades para organizarse y defender sus derechos;

Rostros de subempleados y desempleados, despedidos por las duras exigencias de crisis económicas y muchas veces de modelos de desarrollo que someten a los trabajadores y a sus familias a fríos cálculos económicos;

Rostros de marginados y hacinados urbanos, con el doble impacto de la carencia de bienes materiales, frente a la ostentación de la riqueza de otros sectores sociales;

Rostros de ancianos, cada día más numerosos, frecuentemente marginados de la sociedad del progreso que prescinde de las personas que no producen.”

Esto que acaban de leer se redactó hace casi tres décadas, pero da la impresión de que alguien lo escribió ayer mismo. Pasan los años, pero ¿mejora nuestra América Latina?